Se podría decir que el bombardeo aéreo es la panacea moderna de la geoestrategia, un bálsamo de Fierabrás que todo lo cura; la solución fácil y perezosa para muchos males del mundo
05 dic 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Los romanos tenían una costumbre que se puede considerar muy democrática: antes de declarar una guerra, el Senado tenía que reunirse y aprobarlo. La idea estaba bien, pero el dato importante no es ese, sino que nunca dijeron que no a ninguna. En esto hay que reconocer que el Parlamento británico le saca bastante ventaja al viejo Senado romano: al menos hace dos años dijo no a una guerra contra Siria. Esta semana, en cambio, los miembros del Parlamento han dicho sí a otra. También esta vez la guerra es contra Siria, aunque se trata de una Siria diferente. Hay varias, últimamente; demasiadas.
En realidad, la guerra que se ha votado en el Parlamento británico no es una guerra como tal. Consiste una vez más en una campaña de bombardeos, que es lo que los países con posibles hacen cuando quieren ir a la guerra y no quieren ir a la guerra. Se podría decir que el bombardeo aéreo es la panacea moderna de la geoestrategia, un bálsamo de Fierabrás que todo lo cura; la solución fácil y perezosa para muchos males del mundo. Es una guerra por todo lo alto, literalmente, pero también una guerra que no tiene los pies en la tierra, que está en las nubes, también literalmente; una manera de resolver conflictos desde la distancia en la que los políticos esperan que la paz caiga del cielo milagrosamente.
No me refiero a la guerra en general, sino al bombardeo aéreo en concreto, que es algo muy particular. Siempre me pareció que en él había algo de religioso. Se me antoja como un castigo administrado por un dios pagano, o quizá por uno monoteísta: una lluvia de fuego, una plaga bíblica con enormes daños colaterales, un rayo de Zeus... En el fondo no es más que la continuación de la misma venerable tradición en la era de la tecnología. La muerte sigue viniendo de arriba, como siempre, desde las alturas, solo que la dispensan máquinas en forma de animales fabulosos, pájaros de fuego. Quien ha oído pasar uno de ellos sobre su cabeza no lo olvida nunca, es el aullido de la misma muerte.
Pero el bombardeo aéreo es, además de una religión, una superstición. Cuando se hace así, sin más, como una simple operación de castigo, como se está haciendo en Siria, sin un plan claro, sin encuadrarlo en una estrategia militar bien pensada, se convierte en poco más que una ofrenda sangrienta, en un exvoto que se lanza a un río para que llueva; es como pronunciar una maldición y esperar a que haga efecto. Como sucede con todas las supersticiones, el ritual no funciona casi nunca, pero eso no importa, porque la casualidad permite que alguna vez de muchas sí tenga éxito. Entonces, la memoria selectiva y el deseo de creer hacen el resto. De hecho, la táctica ha fracasado ya en Libia, donde solo consiguió rebajar al país desde la dictadura al caos violento del que volverá a surgir otra dictadura. Ha fracasado en Irak, y en la propia Siria, donde las bombas han estado cayendo desde hace un año y medio sobre el Estado Islámico sin lograr gran cosa. Pero eso no altera la fe de quienes quieren creer. Esta vez tiene que ser diferente.
Estos días en que se debaten todas estas cosas se habla mucho del buenismo, el punto de vista de los que creen que la violencia siempre es mala -en lo que creo que tienen razón- y que todo se puede arreglar sin recurrir nunca a ella -en eso pienso que se equivocan-. Pero frente al buenismo podríamos decir que existe el malismo, la creencia contraria de que no hay nada que no pueda resolver la cantidad apropiada de violencia. Y esa es una creencia igual de ingenua que la otra.