Redacción / La Voz

«Aquí estamos, el 11 de julio de 1995, en la Srebrenica serbia. Entregamos esta ciudad a la Gran Serbia, recordando el levantamiento contra los turcos. Ha llegado el momento de vengarse de los musulmanes». Era la sentencia del general Ratko Mladic a los habitantes del enclave, declarado zona bajo protección de la ONU. Seguido por una cámara de la televisión serbia, el general se dirigió después a la base de la ONU y a una vieja fábrica de baterías de Potocari, donde se refugiaban unos 25.000 aterrorizados civiles bosnios. Las cámaras filmaron como repartía caramelos entre los niños e informaba a los adultos de que iban a ser trasladados en autobuses hacia zona bajo control bosnio. El 12 de julio, los soldados y paramilitares de Mladic separaron a las mujeres de los hombres, ante la pasividad de los cascos azules holandeses. Las mujeres fueron expulsadas a Tuzla, unas 30.000, algunas fueron antes violadas. A los hombres, ancianos, adolescentes y niños los condujeron a un viaje sin retorno que se convirtió en la mayor matanza de civiles en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Holanda no ha superado su sentimiento de culpa.

Veinte años después de la ejecución a sangre fría de 8.372 musulmanes -la cifra documentada- por las fuerzas serbias, las heridas siguen sin cicatrizar. Pese a que el Tribunal Internacional de La Haya definió ya en el 2007 los crímenes de Srebrenica como genocidio, el calificativo sigue sin ser reconocido por Serbia y Rusia. Esa negativa provocó hace tres días el veto de Rusia a una resolución de la ONU de condena de la masacre.

Antes de la guerra de Bosnia, el municipio montañoso de Srebrenica tenía un censo en 1991 de 36.666 residentes, 75 % bosnios y 22 % serbios. Hoy poco más de 4.000 personas pueblan la ciudad, adherida a la República serbobosnia (una de las dos entidades en que se dividió Bosnia tras la guerra) y la gran mayoría son serbios. La limpieza étnica se ha cumplido en la práctica.

En dos décadas se ha identificado a 6.800 víctimas gracias al coraje de las Madres de Srebrenica, que no han cejado en buscar a sus familiares en las fosas desperdigadas por los bosques cercanos, pero aún falta por encontrar a más de 1.000. El 31 de marzo del 2003, se enterraron las primeras 600 víctimas en el Centro Memorial de Potocari, que tiene entre sus impulsores a Bill Clinton, presidente de EE.UU. durante la guerra bosnia (1992-95), y que hoy estará en el veinte aniversario, en que serán enterrados los restos de los últimos 136 identificados, entre ellos ocho chicos de 17 años. El más joven sepultados en Potocari tenía tan solo 11 años cuando fue ejecutado.

Serbia ha intentado rebajar las tensiones con Bosnia, en una clara apuesta por cumplir las exigencias de la UE para adherirse al club. En el 2011, Belgrado entregó a la justicia a Mladic y dos años después el presidente Tomislav Nikolic pidió perdón en nombre de su país por los «crímenes» en la exYugoslavia. Hoy estará en Srebrenica el primer ministro serbio, Aleksandar Vucic.

La Haya sigue sin imponer una sentencia firma al autor intelectual de la masacre, Radovan Karadzic, y el ejecutor, Ratko Mladic.

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Srebrenica, una herida sin cicatrizar