Roma / Colpisa

Raúl Castro y Francisco se vieron ayer por primera vez durante casi una hora, 55 minutos, en un encuentro privado, y se puede decir que esa cita marca un cambio histórico para Cuba. Por estas palabras del presidente cubano: «Si el papa sigue hablando así volveré a rezar y regresaré a la Iglesia, y no lo digo como una broma». Sea broma o no, sea realmente sincero o se trate de un hábil gesto político, lo cierto es que el hecho de que el actual líder de la revolución castrista, hermano de Fidel y mucho más ortodoxo que él en la línea ideológica marxista, admita este viraje supone un hito en la evolución del régimen.

Certifica el camino de los cambios, aunque todavía sean lentos, y sobre todo aumenta aún más la legitimidad que Cuba otorga a Bergoglio como padrino del acercamiento a Estados Unidos. Es un papel protagonista que desempeña a nivel mundial desde que el pasado diciembre se anunció el deshielo entre ambos países gracias a la mediación del pontífice, que en octubre llegó a acoger en el propio Vaticano una reunión secreta de ambas partes.

«Salí impresionado, verdaderamente impresionado de su sabiduría, su modestia y todas las virtudes que sabemos que tiene», dijo Castro del papa en su comparecencia posterior ante la prensa con el primer ministro italiano, Matteo Renzi. Podría haberse ido de Roma sin decir palabra, pero probablemente le interesaba mucho que no fuera así.

Labor de mediación

La intervención de Raúl fue un monólogo de 14 minutos sin preguntas, pero dio mucho juego, porque no suele tener muchas oportunidades de hablar con la prensa occidental y lo utilizó para lanzar varios mensajes. El encuentro con el papa fue «estrictamente privado» y de hecho un tanto insólito, por caer en domingo, día en el que los pontífices jamás conceden audiencias. El mandatario regresaba de Moscú y debía hacer una escala técnica en Roma, así que aprovechó para solicitar una reunión con Francisco y agradecerle su labor de mediación con la Casa Blanca. Aunque estaba claro que este cara a cara era mucho más. El papa, que visitará Cuba en septiembre y luego volará a EE.UU., un viaje que sellará aún más este triángulo de relaciones, accedió de inmediato a la entrevista.

Castro dijo que la reunión fue «muy agradable», llegó a decir que él también es jesuita, como Bergoglio, porque estudió en colegios de esa orden. Un sonada declaración de conversión, que manda a paseo medio siglo de materialismo y aversión a la religión. Entre los regalos que se intercambiaron, el papa dio al cubano el medallón de San Martín de Tours, un oficial romano convertido a cristianismo.

La demostración pública de buenas intenciones que desplegó Raúl Castro en Roma apuntó al final a un objetivo muy concreto: que el Senado de Estados Unidos vote el 28 de mayo a favor de excluir a Cuba de la lista de países terroristas.

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El papa convierte a Raúl Castro