Tiembla el techo del mundo

La cordillera del Himalaya es la línea de contacto entre dos placas tectónicas, la de la India y Asia, doblada y levantada como la carrocería de dos coches en un choque frontal


En 1934 tuvo lugar el terremoto de Bihar-Nepal. La devastación fue enorme tanto en Nepal como en la India. Mahatma Gandhi, que visitó la destrucción en la parte india, les explicó entonces a las víctimas que era un castigo de los dioses por su falta de compromiso con las reformas que él proponía -para admirar a Gandhi es importante no conocerle muy en detalle-.

El terrible seísmo de ayer en Nepal ha ocurrido más o menos en la misma zona que aquel grave terremoto de hace ochenta y un años, y también por la misma razón, que no era, por supuesto, la que sugería Gandhi. La India es un inmenso fragmento desprendido hace millones de años de un antiguo continente del que formaban parte también África y la Antártida, y que se fue desplazando como una isla flotante a una velocidad de nueve centímetros al año hasta chocar con Asia. El Himalaya no es sino la línea de contacto entre las dos placas, doblada y levantada como la carrocería de dos coches en un choque frontal. Esas gigantes montañas, de más de 8.000 metros algunas de ellas, están de hecho formadas en parte con materiales del fondo marino que llegó a existir entre la India y Asia. Por eso los alpinistas que escalan el Everest encuentran a veces conchas marinas y restos fosilizados de arrecife de coral.

2,5 centímetros al año

Desgraciadamente, también es por eso que Nepal es vulnerable a temblores de tierra como el de ayer. Porque la colisión entre la India y Asia no ha terminado todavía. La India sigue metiéndose bajo la placa asiática, y las montañas del Himalaya siguen creciendo a razón de 2,5 centímetros al año -aunque la erosión se encarga de dejarlas igual-. Terremotos como el de ayer, que para la población de Nepal son una tragedia de proporciones inconmensurables, no son para la naturaleza más que un pequeño ajuste en el inmenso Tetris de las placas tectónicas. Tampoco ha sido una sorpresa para los sismólogos. No es posible predecir con precisión cuándo sucederá un terremoto, pero sí se ha podido identificar una cierta periodicidad en función de la intensidad, lo que se conoce como la ley Guntenberg-Richter. Y en el caso de Nepal se esperaba un movimiento de tierra devastador en un plazo de setenta y cinco años, aproximadamente, después del de 1934. Quizás ya esté aquí.

Aunque ayer se hablaba de más de mil muertos, es de temer que serán muchos más una vez se pueda hacer un verdadero recuento. El millón y medio de personas que vive en el área de Katmandú puede no parecer mucho, pero el hacinamiento la convierte en una de las zonas urbanas más densamente pobladas del mundo. La construcción es caótica y frágil, y el país es tan pobre que apenas dispone de la herramienta más básica para un desastre de este tipo: grúas y maquinaria pesada. Y esto es en la capital. Ayer sabíamos de la avalancha que ha golpeado el campo base del Everest porque hay allí cientos de montañeros extranjeros. Pero avalanchas similares pueden haberse tragado pueblos enteros en el resto del país, del que no se sabe todavía nada y al que será imposible hacer llegar ayuda a tiempo.

Es inevitable un cierto grado de fatalismo. No hay nada que se pueda hacer para impedir que se produzcan terremotos como el de ayer. Pero sus consecuencias están relacionadas fundamentalmente con la calidad de la construcción y el grado de preparación médica y de emergencias de un país. En definitiva, con la pobreza. Gandhi no tenía razón, los seres humanos no tienen la culpa de los terremotos. Pero sí es cierto que solo de ellos depende prever sus daños y amortiguarlos una vez que suceden.

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