Las simas del mal


Nunca sabremos qué pasó por la cabeza de Andreas Lubitz durante esos ocho minutos finales en los que guio, con pulso firme, el Airbus 320 de Germanwings contra las cimas de los Alpes. Antes de estrellar sus 27 años de existencia y las 149 vidas de quienes le acompañaban en el avión no pronunció ni una sola palabra y, según el estremecedor relato del fiscal de Marsella, en la grabación del interior de la cabina solo se escuchaba el aire entrando y saliendo de sus bronquios: «Era una respiración aparentemente normal, como si no le pasara nada». Ni proclamas, ni mensajes. Nada.

El suicidio acostumbra a ser un acto íntimo, precisamente porque el suicida asume que su existencia se ha hecho insoportable y que ya no resiste ni un segundo más a este lado de la realidad. Pero también hay quien intenta vestir de etiqueta su propio fin y salta desde un rascacielos de Wall Street o arde a lo bonzo en la plaza pública para que ese último instante sea un alarido con acuse de recibo.

Y luego están los suicidas que utilizan su muerte como un cinturón de explosivos, para llevarse por delante a quienes, por puro azar, ese día se cruzaron en su incierto camino. Nos gustaría pensar que quien actúa así lo hace por algún tipo de desarreglo neuronal, porque los engranajes de su cerebro se han descompensado y que sería suficiente retocar las sustancias químicas que alimentan el laberinto de nuestro cráneo para que todo volviese a encajar.

Queremos creer, ingenuamente, que los asesinos en serie, los torturadores o los violadores son enfermos mentales, simples locos que traen el infierno a la tierra porque algo ha nublado su razón. No soportamos la idea de que hay seres humanos como nosotros que, más allá de las psicopatías, cultivan el mal por el mal, porque encuentran un extraño placer en asesinar, torturar, violar o gasear a sus congéneres. Y el mal, aunque nos cueste digerir esta enorme verdad, a veces no responde a ningún cálculo ni beneficio, ni siquiera a la búsqueda y conservación del poder, sino al veneno puro del odio.

La voluntad del mal existe y anida en las simas del Homo sapiens. Por eso, aunque decía Marcel Duchamp que siempre son otros los que se mueren, en las nieves de los Alpes hemos muerto todos un poco.

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