«Son las cosas de Dios»

Preocupada resignación entre el escaso pasaje que ayer por la mañana embarcó en el vuelo de Germanwings a Düsseldorf. Algunos se salvaron de la catástrofe


barcelona / enviado especial

«Son las cosas de Dios», decía ayer por la mañana Francisco López mientras afrontaba a la carrera el recorrido entre el mostrador de facturación de Germanwings y la zona de control de seguridad. No le sobraba el tiempo. Había apurado las vacaciones a tope. Tanto que, entre regresar el 24 o hacerlo el 25, se quedó con la segunda opción. Y salvó su vida y la de su hijo. «Para nosotros fue una suerte. Para los que murieron en el accidente, una desgracia». Francisco, de 48 años, que nació en España pero ha pasado casi toda su vida en Alemania, hablaba de Dios y admitía que ayer se embarcaba preocupado en el vuelo de la compañía germana. Mark, un joven alemán capaz de expresarse en español, prefería referirse al azar: «¿Qué puedo hacer?», se preguntaba tras facturar su equipaje. «Los aviones son como son. A lo mejor vienes en moto al aeropuerto y ahí es donde pierdes la vida».

Él viajaba por negocios, igual que otra joven española que intentaba esquivar a los medios. Bastante angustia llevaba ya encima como para tener que dar explicaciones: «¿Cómo voy a estar? Pues con los nervios lógicos. Ya os podéis imaginar».

Los dos mostradores ocupados ayer por la compañía Germanwings antes de las 9.30 de la mañana, no atendieron a muchos viajeros. El personal de facturación se mostraba nervioso por el ansia de las televisiones por capturar imágenes y los mossos tenían que intervenir una y otra vez. De vez en cuando, algún valiente se paraba para exteriorizar su inquietud porque, sinceramente, no había otra forma de afrontar un viaje como ese un día después de la mayor tragedia aérea en Europa en los últimos años: «Quisimos cambiar el billete, pero no fue posible», explicaba cerca del mostrador Heike Püthe, una alemana que viajaba a Düsseldorf acompañada por su madre y por su hija. Entre las tres protagonizaron uno de esos pequeños milagros que siempre rodean estas tragedias.

También tenían previsto tomar el vuelo siniestrado, pero la huelga de estudiantes les permitió estar un día más en Barcelona y cambiaron los billetes: «Nos enteramos del accidente por una amiga de mi madre, que pensaba que estábamos en el avión. Fue ella la que llamó. Entonces pusimos la televisión y empezamos a conocer la catástrofe».

«Supernerviosa»

Heike, cómo no, se reconocía «supernerviosa». «Estaba decidida a no volar, aún sin poder anular los billetes. Pero al final me han convencido. Espero que no suceda lo mismo que el miércoles», dijo. Su madre, una señora mayor, asentía, mientras que su hija, en realidad la responsable de que las tres estuvieran allí, hablando con los periodistas, esperando para embarcar, vivas y con mucha vida por delante, se mantenía en silencio. «Cuando escuchas por televisión que un avión se ha caído, siempre piensas que es algo que ocurre muy lejos de aquí», reflexionaba Heike. Muchos pensaban como ella, pero es evidente que la tragedia no entiende de territorios.

Finalmente, el vuelo 9441 de Germanwings con destino a Düsseldorf salió de la terminal 2 del aeropuerto de El Prat a las 9.35 con toda normalidad, pese que a las 9,15 aún había una pareja facturando. La compañía germana recuperó el pulso después de la tragedia y de que la noche anterior tuviera que suspender al menos un vuelo al negarse sus pilotos a volar, demasiado afectados por la catástrofe. Pero la vida sigue para todos. Y un puñado de viajeros sobrevolaron ayer los Alpes a la hora fatídica del accidente, seguramente cerrando los ojos.

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