Una rivalidad sangrienta


Entre Al Qaida y el Estado Islámico no existen diferencias doctrinales importantes. Las dos organizaciones tienen por ideología el salafismo, una lectura radical y muy minoritaria de la religión musulmana. Lo que separa a los seguidores del difunto Bin Laden y a los del todavía vivo Al Bagdadí son más bien cuestiones de estrategia, rivalidades personales y la conflictiva historia interna del movimiento yihadista. Abu Baker al Bagdadí, el califa del Estado Islámico, de hecho, comenzó su carrera en Al Qaida, en los años turbulentos que siguieron a la invasión anglo-americana de Irak.

Pero Al Qaida en Irak (AQI), la franquicia a la que se unió, fue siempre un verso suelto. Su creador, el jordano Abu Musab al Zarqaui, había mantenido relaciones muy tensas con Bin Laden. A la dirección de Al Qaida no le gustaba que Zarqaui se entretuviese en conflictos sectarios contra los chiíes, olvidándose de lo que Bin Laden consideraba entonces el enemigo principal, Estados Unidos. Estuvieron al borde de la ruptura muchas veces y esta llegó a consecuencia de la guerra civil siria. Contra los deseos de la dirección de Al Qaida, ahora dirigida por Ayman al Zawahiri, AQI, ahora dirigida por Al Bagdadí, decidió participar en la guerra contra Bachar al Asad directamente, en vez de apoyar a Yabat al Nusra, la franquicia aprobada por Al Qaida. De ese cisma nació el Estado Islámico.

A partir de ahí, las necesidades estratégicas han ido ahondando las diferencias. Para Al Qaida, el califato era el punto de llegada de la yihad. El Estado Islámico lo convirtió el punto de partida. Al Qaida nunca ha sido más que un centro de formación de guerrilleros, y luego terroristas, mientras que el Estado Islámico pretende ser lo que dice su nombre: un estado con implantación territorial donde se puede vivir la utopía salafista ya mismo. Y el hecho de que lo haya conseguido es lo que le confiere un prestigio que va en detrimento de una Al Qaida a la que se percibe ahora como débil e ineficaz. El atentado contra Charlie Hebdo en París no fue otra cosa que un intento desesperado de Al Qaida por recuperar lustre, pero el que uno de los atacantes se desmarcase manifestando sus simpatías por el Estado Islámico demuestra hasta qué punto va perdiendo la partida.

Una nueva generación

En parte es un hecho generacional: los ideólogos del EI son más jóvenes, conectan mejor con la generación de YouTube. Pero, sobre todo, su éxito consiste en que tienen éxito. Ahora el EI ha querido llevar el pulso al único espacio en el que Al Qaida todavía tiene una franquicia leal: Yemen (precisamente allí se organizó el atentado contra Charlie Hebdo). Las matanzas que hemos visto el viernes en las mezquitas de Saná no son sino un reflejo de esta sangrienta competición por el lamentable título de ser más brutal de entre los radicales.

el mundo entre líneas

El EI pretende ser un estado con territorio donde se puede vivir la utopía salafista

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