Ilotas españoles en la capital de la UE

INTERNACIONAL

Marina Valero

Polémica por las penosas condiciones de trabajo de jóvenes emigrantes

01 dic 2014 . Actualizado a las 16:00 h.

¿Son los jóvenes españoles los nuevos ilotas de la hostelería bruselense? Es la pregunta que lanzaba esta semana la cadena pública belga (RTBF) después de que en el último mes dos conocidos hoteles de la capital belga decidiesen sustituir a su personal de limpieza habitual por jóvenes españoles desempleados.

La polémica surge por las condiciones laborales «ultrajantes» en las que supuestamente se encuentran los españoles en este sector. A la situación dramática que viven muchos de ellos, exiliados por las pésimas perspectivas laborales en España, se le suma el estigma social: «Ilotas». Así los denominan los belgas, en referencia a los campesinos semiesclavos que servían a los espartanos en la antigua Grecia.

La responsable de limpieza de uno de esos hoteles explica a RTBF que a los jóvenes se les obliga a hacer 14 habitaciones por día: «Si ya es difícil para una profesional, imagínense para los jóvenes que llegan aquí sin formación», asegura. Dos de esos ilotas españoles, Gabriel y Pedro, reconocen que al aterrizar en Bélgica por primera vez no esperaban encontrarse con esta situación y se muestran molestos por el trato que están recibiendo: «Tuvimos que pedir guantes en varias ocasiones. Los productos que utilizamos son agresivos», se quejan. «Sin ropa de trabajo, sin formación y con horarios impredecibles», resumen en la cadena belga.

A los jóvenes se les remunera sobre la base del salario mínimo belga, pero la cobertura social es la misma que la del país de origen, un fenómeno legal denominado adscripción de personal. Los servicios sociales belgas tienen el ojo puesto en los expedientes de los jóvenes españoles y en su empleador (también español), quien habría recibido subvenciones europeas para su inserción.

 

Diez horas fregando platos

Joven, licenciado y multilingüe. Ese el perfil más recurrente del exiliado español en Bélgica, pero no se puede olvidar la otra cara de la moneda. La de los que emigran con un currículo de baja cualificación y escaso conocimiento de idiomas. La situación es tan precaria en España que muchos jóvenes acceden a trabajar en condiciones que no aceptarían sus vecinos europeos. Es el caso de Sergio, un joven manchego que hizo sus maletas en el 2012 y aterrizó en Bruselas. Su situación en España era desesperada. Tuvo la suerte de encontrar trabajo en el sector con más acento español, el de la restauración. Fue gracias a un amigo suyo también expatriado. Durante todo ese tiempo trabajó en dos restaurantes fregando platos: «No me quejo. Cualquier trabajo aquí es mejor que nada en España», asegura antes de reconocer que tiene problemas con los idiomas: «Me defiendo con el francés, pero el inglés nada. Con mis horarios es imposible», asegura. Sergio trabaja en turnos de tarde o de noche y su jornada puede alargarse hasta las diez horas. No tiene contrato indefinido y hace dos semanas le anunciaron que prescindirían de él durante una temporada: «Me dijo un colega que encontraron a un marroquí que cobra menos por las horas que hago yo», es la explicación que ofrece.

Los jóvenes españoles se están encontrando con enormes dificultades para salir adelante. No todos tienen éxito. A la pelea constante por abrirse un hueco en el mercado laboral se le suma la precariedad de los empleos y el silencio del Gobierno: «Me gustaría volver a España, pero me iré adonde me surja trabajo», dice Sergio. Por si fuera poco, países como Reino Unido o Suiza quieren levantar muros particulares a la inmigración, ensombreciendo aún más el horizonte laboral de una generación que trata de sobrevivir.