Por qué ha ganado el no

Los referendos de independencia han sido históricamente muy difíciles de ganar. Además, el avance del sí en Escocia movilizó a los partidarios de mantenerse en la Unión


¿Qué ha ocurrido? ¿No estaba a punto de ganar el sí en el referendo escocés? ¿No iba a ser al menos un resultado ajustado? Sí y no. Eso decían las encuestas. Pero una encuesta no es una votación, ni siquiera es una opinión sino un simple logaritmo. Y la realidad es siempre más complicada que los logaritmos. Incluso aquí en Escocia, donde se inventaron los logaritmos, precisamente lo hizo el matemático John Napier, en el siglo XVII.

En primer lugar, e independientemente de los temores o ilusiones de unos y otros, el no siempre fue el favorito. Solo a menos de tres semanas de la jornada electoral el sí escaló repentinamente hasta el empate técnico. Este logro extraordinario de los partidarios de la independencia hizo que se pasase por alto, sin embargo, que ese crecimiento se interrumpió de forma igual de brusca en unos días para iniciar un declive, ligerísimo pero crucial, porque lo importante es la tendencia. En realidad, ningún sondeo, salvo uno, llegó a poner nunca al sí por delante. Algunos expertos ya advertían que, de hecho, el sí podía estar sobrerrepresentado en los sondeos debido a problemas técnicos. Al no haber precedente de un referendo comparable en Escocia, los encuestadores se vieron obligados a cocinar los grupos representativos desde los que hacían proyecciones, generalmente extrapolando resultados de elecciones regionales en las que la participación no era comparable. También se abusó de la encuesta por Internet, que ha demostrado una vez más ser una ciencia que aún está muy verde. Las redes sociales no son la realidad social.

Pero, aparte de por qué pareció que podía ganar el sí, ¿por qué ha ganado el no? Al margen de muchas otras consideraciones, cabe decir que los referendos de independencia son extremadamente difíciles de ganar. Cuando resultan exitosos suele deberse a que se convocan en circunstancias críticas de guerra o inestabilidad (Osetia, Abjasia, los países de la antigua Yugoslavia) o son un simple trámite impuesto por una potencia o la comunidad internacional para legalizar una situación de hecho (Sudán del Sur, Timor Este, Crimea). En un país estable, la fuerza de la inercia y el temor a lo desconocido son muy difíciles de batir, incluso cuando existe un fuerte sentimiento identitario, como demuestran los dos referendos de Quebec o los cuatro de Puerto Rico.

Hay excepciones, como Noruega en 1905, o el llamativo caso de Montenegro, que rechazó la independencia en referendo en 1992 en un contexto de guerra pero la votó en 2006 en un contexto de paz. Pero si bien que en un mundo globalizado la independencia no es en realidad un hecho tan radical como parece, es así como se lo percibe, y requiere, por tanto, de circunstancias excepcionales.

Escocia ilustra claramente este principio. Nadie discute que el sí hizo mejor campaña. Es significativo que el voto independentista pegase el estirón justo después de los debates televisados, centrados en la economía. Pero precisamente ese riesgo de un triunfo del sí fue lo que movilizó una enorme bolsa de votos: la de los que nunca votan. Los independentistas estaban seguros de que ese «millón perdido», como lo llamaban, estaría formado por personas profundamente descontentas con el sistema. Era una idea descabellada: el abstencionismo es casi siempre conformista y solo muy raramente contestatario.

El reverso de esto es que el deseo de independencia sigue siendo predominante entre los sectores más activos de la sociedad escocesa, lo que augura problemas. Nadie lo ignora. Por eso el triunfo del no suscita alivio en Londres, pero no entusiasmo. El duque de Wellington, cuya estatua ecuestre se erige en el centro de Edimburgo, lo expresó sabiamente cuando le felicitaron tras haber ganado la batalla de Waterloo: «aparte de una derrota, no hay nada más triste que una victoria».

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