Es inevitable que al pensar en Bosnia se nos venga a la mente la guerra que asoló el país entre 1992 y 1995, y que tratemos de interpretarlo todo a partir de sus consecuencias. Es así como se vienen contando los disturbios que comenzaron en diversos puntos del país la semana pasada.
En efecto, la crisis tiene mucho que ver con la forma en la que acabó aquel conflicto y el complicado sucedáneo de gobierno confederal que siguió, y que, aunque tiene el mérito de haber mantenido la paz, más que poner fin a la guerra la ha llevado a un estado de hibernación. La parálisis de las instituciones, la dependencia de la ayuda exterior y la corrupción están en el origen del hartazgo que se ha convertido en ira.
Pero la violencia de estos días tiene causas más concretas. Significativamente, allí se la llama «la protesta de las privatizaciones».
Desde el primer momento, la operación de paz en Bosnia estuvo acompañada de un plan impaciente de liberalización económica. Producto de su época, la década de los noventa, la privatización se consideraba la panacea para los antiguos países comunistas. Estas estrategias funcionaron relativamente bien en países pequeños e integrables en la economía alemana (la República Checa, por ejemplo); pero en otros, como Rusia, resultaron desastrosos. En una Bosnia en posguerra el experimento era aún más arriesgado, y ha avanzado con lentitud, en medio de polémica y escándalos. En diciembre pasado la Unión Europea anunció que iba a recortar a la mitad sus ayudas a Bosnia si no aceleraba el proceso de reformas y privatizaciones. Las considera, además, una precondición para un futuro ingreso en la UE.
Las protestas pueden verse como una consecuencia indirecta de esas políticas y exigencias. Comenzaron cuando los habitantes de Tuzla se enteraron que los dueños de sus cuatro grandes empresas privatizadas las habían declarado en quiebra al poco de comprarlas, dejando en el paro a miles de trabajadores y en la ruina a muchos pequeños accionistas a los que se había animado a comprar participaciones.
El caso de Bosnia, como en cierto sentido el de Ucrania, son un recordatorio para Bruselas del impacto que tienen en sus países limítrofes sus promesas y los criterios de integración en su economía que promueve. Para los países candidatos que gozan de una cierta gobernanza esto puede ser positivo; para estados con problemas tan graves como Ucrania o Bosnia puede ser un peligroso factor de inestabilidad.
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