La irrupción de Estados Unidos en la crisis ucraniana se materializó ayer de una manera rotunda y bastante inesperada. Fue cuando John Kerry tomó la palabra en la Cumbre de Múnich para lanzar una andanada contra la posición rusa y ofreció, de manera bastante explícita, el apoyo de Washington a la oposición ucraniana. Es inesperado porque, a diferencia de lo que sucedió en el 2004, durante la Revolución Naranja, en la que los estadounidenses jugaron un papel crucial y visible, el entendimiento era que en la crisis actual los norteamericanos dejaban los intereses occidentales en manos de la Unión Europea.
¿Qué ha cambiado para esta entrada en tromba de Kerry ayer? En la más sencilla de las hipótesis se trata simplemente de un intento de añadir más presión para facilitarle las cosas a Bruselas en su negociación con Rusia. Esto es lo que también está haciendo Kerry en el asunto de Siria, donde el régimen de Damasco se está sintiendo demasiado cómodo en la conferencia de Ginebra II, y de ahí las reprimendas estadounidenses por la lentitud del desarme químico o la difusión de informes sobre crímenes de guerra cometidos por el Ejército sirio.
Pero hay otra hipótesis, quizás más probable, y es que el desembarco estadounidense en la crisis ucraniana nazca de la frustración en Washington ante la falta de vigor de la posición europea. Mientras que EE.UU. ve este conflicto en términos de geoestrategia política, parte de su pulso con el modelo ruso de democracias clientelares, Bruselas lo ha planteado desde el principio en términos de relaciones económicas. Para la UE se trataba simplemente de firmar un acuerdo económico con Ucrania que la apartase de la tentación de sumarse a la unión aduanera que promueve Moscú y que haría ya imposible una futura integración en la UE, pero nada más. No se pensaba, al menos de momento, en integrar a Ucrania en la UE, con el deterioro que esto supondría en la relación con Rusia. La presión de Kerry ayer iba dirigida sin duda a Moscú, pero también a Bruselas, cuyo pragmatismo en las relaciones exteriores siguen sin entender en Washington.