La tercera masacre de un Ejército sin victorias

Las matanzas se suceden ya con una regularidad que hace pensar más en un hábito o en una forma de gobernar que en algo temporal


El vicesecretario de prensa de la Casa Blanca parecía desconcertado: «El Ejército egipcio» decía a la prensa «nos prometió que esto era una fase provisional y que luego se restablecería la democracia... pero no parece que esté siendo así».

Pues no, no lo parece. No se ve nada de provisional en la manera de actuar de los militares. Las masacres se suceden ya con una regularidad que hace pensar más bien en un hábito o en una forma de gobernar que en algo temporal. Lógico: cuando la única legitimidad son las armas, hay que usarlas mucho. Cada vez más, porque son como una droga. Por eso los muertos de ayer superaban con mucho a los de la masacre pasada.

Aumento de dosis

Aparte el número, ¿qué hay de diferente esta vez? Eso dependerá de si en esta ocasión el Ejército logra finalmente sacar de las calles a los manifestantes. Este Ejército egipcio, que nunca ha ganado una guerra en toda su historia, ha fracasado también ya dos veces con este enemigo interno que representa aproximadamente a más de la mitad del censo egipcio. Por eso ayer el general Al Sisi aumentó la dosis, y a los francotiradores ha sumado el toque de queda y un estado de emergencia, lo que le convierte en un imitador de Hosni Mubarak, pero con más sangre. De momento, parece que el conflicto se extiende por el país pero habrá que esperar unos días para ver quien triunfa, si el caos o la represión.

Suele ser la represión. Los Hermanos Musulmanes, de los que tantas barbaridades se han dicho, carecen de los medios (e incluso de la voluntad) de echarle un pulso violento a las tropas, por lo que, si pierden la calle, el general Al Sisi habrá ganado. Sabe que entonces las protestas que se empezaban a escuchar ayer en las cancillerías occidentales volverán a apagarse. Hay que entenderlas más como gestos de impaciencia que como auténticas críticas. Quieren que el golpe triunfe, pero sin sangre. También lo quieren los militares, pero no les sale. A nadie le sale casi nunca. Por eso la democracia tiene mejor imagen.

Más molesta para los militares es la dimisión de Mohamed el Baradei de su puesto de vicepresidente del Gobierno títere. Aunque en Egipto casi nadie le conoce, con su Nobel de la Paz y su currículum internacional, El Baradei daba un cierto aire liberal al régimen militar.

La realidad es que El Baradei ha demostrado ser un político ambicioso y torpe que se ha enfangado para nada, que tuvo estómago para dos masacres pero a la tercera ha decidido saltar del barco con el mismo oportunismo con el que se subió a él. Si su marcha sirviese al menos para que los «demócratas» egipcios (y no egipcios) reflexionasen sobre el desastre que han causado con su intolerancia y su arrogancia, eso sí sería importante.

Pero es más probable que hagan lo que todos los que se equivocan: decir que la idea era buena pero que se ejecutó mal. No es cierto. El Ejército está haciendo exactamente lo que se esperaba que hiciese si se le daba el poder. Ahora, ya no lo soltará.

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