Obama ya no cree en Obama


Espionaje en todo el planeta y por todos los medios, persecución de quienes denuncian los abusos del Estado, asesinatos en otros países de sospechosos sin juicio por medio de aviones-robot, persecución fiscal de los rivales en casa. Si a un analista le invitasen a una cata a ciegas de la política de Barack Obama en estos primeros seis meses de su segundo mandato, difícilmente podría intuir detrás de todo esto al hombre providencial de hace cuatro años que fue galardonado con el premio Nobel de la Paz más prematuro de la historia.

Algunos creen que presidente todavía podría dejar su marca en la historia, pero esto es muy improbable. Sin el control del Congreso no tiene posibilidades de hacer nada transformador, menos aún revolucionario. El propio Obama ya hace tiempo que no cree en Obama. Significativamente, los dos puntos en los que más insistió durante su investidura fueron el medio ambiente y el matrimonio homosexual. Sabe que el primero se limitará a pequeñas leyes que no requieran aprobación en el Legislativo, y que el segundo es un asunto muy mediático que no depende de él sino de los tribunales, Estado a Estado.

Su único proyecto político de calado en este mandato, la reforma migratoria, ha pasado el Senado pero difícilmente sobrevivirá al Congreso; al menos, no intacto. Y su único legado hasta ahora, la renqueante reforma sanitaria, podría desintegrarse al entrar en contacto con los tribunales. Esa podría acabar siendo, lamentablemente para Obama, la gran transformación de su segundo mandato: la reversión de lo poco que logró en el primero. La política es dura, no hace prisioneros.

Bill Clinton, del que Obama ha resultado ser casi un imitador sin infidelidades matrimoniales, escribió el manual para presidentes atados de pies y manos en casa. Dice: «vete a hacer la paz en Oriente Medio». Es un asunto que garantiza una cobertura mediática disparatada y siempre favorable, porque se trata del único proceso en el que no se requiere (ni se desea) que llegue a término. Puesto que nunca termina, nunca fracasa.

John Kerry será el encargado de interpretar ese papel de mediador que, en realidad, lo es de abogado de una de las partes. Kerry es el más creíble de los que lo han intentado. Sin embargo, fracasará porque, como ocurre con la «obsolescencia planificada», el proceso es un producto diseñado para estropearse pronto. Pero al menos en un sentido tiene lógica intentarlo: es el asunto que más nobeles de la Paz ha promovido, y con menos justificación. El de Obama llamará menos la atención en esa compañía.

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