Mitos y realidades del golpe egipcio

La estructura de poder mubarakista ha desalojado del poder a los Hermanos Musulmanes haciendo parecer que esta caída es fruto de los errores de Mursi y su Gobierno


Ayer trascendió que las autoridades militares egipcias preparan una batería de acusaciones contra el depuesto presidente Mohamed Mursi. Que la acusación principal sea la de «espionaje» (aún no se ha decidido a favor de quien) es tan cómico como revelador de qué clase de régimen ha establecido el general al-Sisi. Por si acaso, también se le acusaría de «mala gestión económica», lo que es también curioso, considerando que el primer ministro nombrado por al-Sisi, al-Beblawi, fue el hombre que presidió sobre el hundimiento de la economía del país antes de que Mursi llegase al poder.

Lo que sí es cierto es que algunos de los problemas más graves de la economía egipcia han empezado a mejorar milagrosamente, justo al día siguiente de tomar el poder los militares. Los misteriosos apagones de luz y la extraña escasez de combustible en las gasolineras, que no eran algo habitual en Egipto, se han terminado de golpe (nunca mejor dicho). Se confirman así las sospechas de que esos problemas de suministro, que empezaron en coincidencia con la campaña contra Mursi, no eran casuales. También la policía, que se había esfumado de las calles durante el año de gobierno democrático, creando una inseguridad ciudadana sin precedentes, ha vuelto a aparecer igual de misteriosamente.

Conclusión: a los Hermanos Musulmanes «les han hecho la novatada». No es solo que la estructura de poder mubarakista (el ejército, la policía y los jueces, fundamentalmente), que nunca dejaron de estar ahí, les haya desalojado del poder; sino que además ha logrado establecer una narrativa según la cual su caída ha sido el producto de sus propios errores y ambiciones, y no de una estrategia deliberada de acoso y derribo. El gobierno de aficionados que presidía Mursi (y en el cual, por cierto, los islamistas eran minoría) no tenía la menor posibilidad frente a los eternos dueños de Egipto. Mursi no llegó ni siquiera a gobernar. Ha sido poco más de un año de boicots, conspiraciones y zancadillas encaminadas al golpe.

Éste solo ha necesitado de dos pilares para justificarlo: el refrendo de las masas y una narrativa que lo hiciese presentable. Ésta la proporcionaron los partidos laicos, que han ayudado a presentar los hechos como un conflicto entre laicismo e islamización, una explicación irresistible para los medios occidentales, pero extremadamente engañosa. La realidad es que casi todos los egipcios son, en una medida u otra, islamistas. El laicismo es una ideología minoritaria que a menudo refleja más un elitismo social que un verdadero compromiso con valores democráticos (como se ha podido ver). La integración de los islamistas en el sistema, lejos de constituir una amenaza, era, justamente, un logro.

Pero la pieza final de la arquitectura del golpe la han ayudado a poner, no del todo conscientemente, los medios internacionales, al aceptar sin pensarlo las cifras disparatadas que han dado los militares para las manifestaciones de protesta contra Mursi. Las cifras absurdas de catorce, incluso treinta millones de personas en las calles, han dotado al golpe de un cierto aura de legitimidad. En realidad, esas manifestaciones reunieron a cientos de miles de personas, no millones (la plaza Tahrir, por ejemplo, no puede contener más de 180.000 personas, a pesar de las apariencias). Frente a ellos, los trece millones de votos de Mursi se han desvanecido. Y con ellos, la democracia egipcia.

Si, finalmente, el presidente fuese juzgado por «espía», el fantástico juego de manos que ha sido el golpe, tendrá el broche absurdo que merece.

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