Coqueteos con el abismo


Hay una explicación fácil para las protestas en Egipto: la sociedad civil se ha levantado contra la deriva autoritaria del Gobierno islamista de Mohamed Mursi. Este habría secuestrado la revolución democrática de la plaza Tahrir para imponer la sharia (ley islámica). Son protestas pacíficas, pero el Gobierno responde con la fuerza.

Es una buena explicación. Salvo por una cosa: no es la verdad.

La realidad es que todos los muertos en los disturbios de estos días son, sin excepción, islamistas, como lo son la mayoría de los heridos. Son únicamente las sedes de los Hermanos Musulmanes las que arden incendiadas por los manifestantes mientras la policía, lejos de reprimirles, se niega a intervenir. Lo que ocurre en Egipto es en el fondo tan simple como lamentable: tanto Gobierno como oposición muestran poca o ninguna madurez democrática.

Pero no sería justo atribuir a todos el mismo grado de responsabilidad. Al Gobierno de Mohamed Mursi hay que reprocharle su poca capacidad de diálogo, su inoperancia y la parálisis de la gestión. Pero la acusación de «deriva autoritaria» no se sustancia en los hechos. Si acaso, Mursi ha demostrado, precisamente, ser un presidente débil que no puede o no sabe erradicar los elementos del antiguo régimen que siguen parasitando la burocracia y el aparato del Estado (por eso la policía no interviene).

Tampoco hay señales de la temida islamización del país. Más bien lo que sorprende son las pocas medidas que Mursi ha tomado en esa dirección, algo que le ha convertido en blanco de la ira de los salafistas, los verdaderos islamistas radicales.

Inmadurez democrática

Donde la falta de madurez democrática es realmente grave es en la llamada oposición laica y democrática, demasiado mimada por la prensa occidental. Bastantes de estos laicos han resultado ser cristianos coptos no mucho menos sectarios que los salafistas; y no pocos demócratas son en realidad nostálgicos de la dictadura de Mubarak; o productos de esta, como el oportunista exministro Amro Musa.

Con el resto de los grupos liberales y de izquierda comparten, desgraciadamente, su incapacidad de aceptar la derrota en las urnas hace un año, y no solo por razones políticas sino también sociales: las clases medias urbanas encuentran insufrible verse gobernados por los fellahim, los campesinos que nutren la base electoral de los Hermanos Musulmanes.

Posibilidad de un golpe de Estado

En su impaciencia por desalojarles del poder parecen dispuestos a destruir todo lo logrado en la primavera egipcia de hace dos años. Incluso el más sensato de los líderes opositores, el Nobel de la Paz Mohamed el Baradei, ha empezado a hacer guiños al Ejército para que dé un golpe de Estado.

Esa posibilidad de un golpe de Estado es real. También lo es la de una guerra civil. O una cosa seguida de la otra, en cualquier orden. Es lo que le espera a Egipto si la oposición no recupera el sentido común.

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