El capitán de la Brilat Martín Iglesias vivió la marcha verde y la entrega del Sáhara a Marruecos. Cuando finalice la misión de Afganistán, se jubilará
01 may 2013 . Actualizado a las 20:41 h.No es el de mayor rango de la base de Qala-i-Naw, pero sí el de mayor edad. A sus 60 años -en junio cumplirá 61-, el capitán Martín Iglesias Coto (Oviedo, 1952) es historia viva del Ejército de Tierra español.
A lo largo de sus 42 años de servicio, Iglesias Coto ha sido testigo en primera persona de la marcha verde y de la entrega de los territorios del Sáhara a Marruecos. Como él mismo reconoce, si bien no fue el último en abandonar lo que hasta entonces era una provincia más de España, «fui de los últimos». Por aquel entonces estaba destinado como sargento en la tercera bandera de paracaidistas.
«Debo ser bastante torpe, porque tengo buena memoria», responde cuando se le pregunta por aquella época, un tiempo en el que, paradojas del destino, las fachadas de los edificios y los muros de las principales localidades estaban cubiertos con pintadas a favor de Marruecos y en contra de la presencia española. Rodeado de este clima de tensión, este ovetense estuvo desplegado en el Sáhara desde septiembre de 1974 hasta diciembre de 1975. «Era un momento delicado porque la marcha verde coincidió con la enfermedad de Franco. Viví aquello con mucha tristeza, sin duda».
Y llegó el momento de abandonar El Aaiún: «Coincidimos con camiones marroquíes cargados de patatas que entraban en la localidad, pero que también salían. A saber, si las repartieron», enfatiza. Aquellas imágenes fueron su segundo momento más duro de su estancia en el Sáhara. El primero, lo tiene claro, cuando mataron al cabo primero Ibar Catalán en Hausa.
Han pasado casi cuarenta años y el Cetme, la radio PRC 77 y los vehículos Pegaso han pasado a mejor vida, y el servicio militar obligatorio ha dejado paso a un ejército profesional. Lo que no ha cambiado, y lo digo de corazón, son los valores del soldado español. Son permanentes. Es un soldado con honor y, de hecho, no ha surgido ningún caso de maltrato en las misiones internacionales, excepto lo que ya se está investigando de Irak. Creo que es un caso aislado y puntual, porque dudo que un cuadro de mando tolerase el maltrato a un civil. Sería inaceptable. En cambio, un hombre aislado puede hacer una barbaridad.
Aunque no tomó parte en el despliegue de Irak, sí que lo hizo, y en dos ocasiones, en el del Líbano. De aquellas misiones, en el 2007 y el 2009, guarda un grato recuerdo, sobre todo, «de las magníficas relaciones que mantuve con todos los alcaldes del entorno. La verdad es que facilitaron todo el trabajo del grupo táctico».
Y ahora a escasos días de culminar su tercera misión en Afganistán, este capitán de la Brilat ya tiene claro que va a hacer cuando pase a la reserva. «Ayudar a mi mujer y volcarme con mis dos nietos». Un tercero está en camino.
Martín Iglesias estaba desplegado en Herat cuando, en agosto del 2005, se produjo el accidente del Cougar que le costó la vida a doce militares de la Brilat de Pontevedra y a cinco soldados del Ejército del Aire. «Estaba hablando con el comandante Bragado cuando nos enteramos. Era un itinerario que había hecho mucha gente antes en helicóptero, incluso nosotros lo hicimos y nunca paso nada».
No es de extrañar que cuando toca oración en la base de Qala-i-Naw, «mentalmente te acuerdas de todos estos sucesos como si fuera una película de principio a fin. Quieres creer que se fueron los mejores».
Como miembro del batallón electoral desplegado por el Ejército de Tierra en Herat en el 2005, «partimos de cero. Fuimos los pioneros, por así decirlo», apunta, al tiempo que rememora cómo tuvieron que dormir en tiendas levantadas en campo abierto protegidas por los vehículos blindados y los muros de lo que era el acuartelamiento italiano, que eran quienes gestionaban el aeropuerto.
Tras reconocer que seis meses de misión se hacen muy largos -«dejamos el peso de las familias en manos de la mujer»-, coincide con los mandos en que la de Afganistán «es la misión más exigente para las Fuerzas Armadas. Aquí existen unos intereses por nadie desconocidos que influyen en la gobernabilidad».
A punto de colgar el arma, el capitán Marín Iglesias echa mano de Calderón para reproducir la frase con la que le gustaría ser recordado en el seno del Ejército: «El militar es un hombre honrado». Este oficial de la Brilat se despide señalando que su carrera estuvo siempre marcada por un ideal, «el amor a España. Son palabras en desuso y que, incluso, pueden sonar cursis».