¿Qué habría pensado Chávez del resultado electoral del domingo? Lo sabemos, porque él mismo lo dijo en el 2007, cuando perdió su referendo de reforma constitucional por un margen muy parecido a este. «Es una victoria pírrica, de mierda», le espetó entonces a la oposición.
Pero ni siquiera haría falta recurrir a la historia clásica ni a la escatología para entender que esta victoria de Maduro es una derrota disfrazada. Aunque el chavismo conserve el poder, ha comenzado su desmantelamiento como sistema político. Su fuerza, enorme (ha logrado un 50 % de los votos), le garantiza un papel importante en el futuro de Venezuela, pero como partido dentro de una alternancia de fuerzas, no como ideología hegemónica. Esa hegemonía estaba basada, ahora queda claro, en la figura de Chávez exclusivamente, y han bastado unas pocas semanas de ausencia física para que el ensalmo se rompiese.
Es curioso, porque las dificultades técnicas que impidieron finalmente embalsamar su cadáver han resultado ser un augurio de lo que iba a pasar: tampoco ha sido posible preservar el carisma del líder, y menos aún transmitirlo por unción.
Un bolivariano debería haberlo sospechado porque es lo que le sucedió a Bolívar. El populismo era entonces lo que es hoy: la burbuja inmobiliaria de la política.
El siguiente reto consistirá en ver cuál de las dos mastodónticas coaliciones de circunstancias aguanta más. Ahora es Capriles quien lleva las de ganar, mientras que Maduro está en la cuerda floja.
En 1968 Rafael Caldera ganó por mucho menos (treinta mil votos) y pudo gobernar. Pero Caldera era su propio antecesor y sucesor.
A Maduro, en cambio, Chávez lo nombró para evitar una guerra interna que ahora puede estallar en cualquier momento. Capriles, por el contrario, se quita de encima a sus rivales en el MUD (Corina Machado, Pablo Pérez). Él, que había dudado si presentarse a estas elecciones, ha obrado el milagro de mover casi un millón de votos, entre los que ha sacado de la abstención, los que ha robado al chavismo y los del chavismo que ha empujado a la abstención. Es realmente sorprendente.
Pero igual que lo de Capriles no es del todo una derrota tampoco es del todo una victoria. Son resultados que piden a gritos un acuerdo nacional. Desgraciadamente, la polarización lo hace muy improbable por ambas partes. Por eso un hipotético fraccionamiento de las dos grandes coaliciones no sería algo malo en sí mismo, sino precisamente la única esperanza de que se abra el juego político. De no ser así, y con este resultado, el país corre el riesgo de quedar bloqueado. O algo aún peor.
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