No es un cheque en blanco

Leoncio Gonzalez

INTERNACIONAL

08 oct 2012 . Actualizado a las 15:31 h.

Aunque no se puede separar la victoria de Chávez de la forma intimidatoria en que la consiguió, abusando de los medios de comunicación de modo sonrojante y amenazando con echar a las calles a sus milicias si no se le daba un nuevo mandato, los números revelan que el chavismo tiene un sustrato popular firme que resiste a los errores de gestión que ha cometido y que ilustran bien problemas endémicos como la escalada de inseguridad, el deterioro de infraestructuras básicas como la electricidad o la erosión del poder adquisitivo de la población.

La explicación más común es atribuirlo a la eficacia de las técnicas clientelistas que despliega entre los sectores más necesitados y que son copiosamente subsidiadas por la riqueza petrolera del país. Pero no se pueden ignorar al menos otros dos factores. El primero es la aparición de una nueva burguesía chavista, al hilo de la cercanía al poder que exige el mundo de los negocios en Venezuela desde que gobierna el comandante, y que empieza a ramificar los capilares de sus beneficios hacia abajo: el miedo a perder el acceso privilegiado a los contratos públicos en beneficio de las clases altas del período anterior, si se producía un cambio, ha sido una poderosa fuerza electoral para frenarlo.

El segundo elemento que hay que tener en cuenta es la buena salud de que sigue gozando la retórica anticapitalista acuñada por Chávez. Le permitió desplazar la atención de los signos evidentes de agotamiento que muestra su proyecto, mantener la unidad de las familias que conviven en el interior de su bando, desfigurar las propuestas socialdemócratas de Capriles y presentar un hipotético triunfo suyo como una autopista para el retorno de la corrupción y el saqueo a gran escala que caracterizaron la etapa precedente.

Con todo, el resultado no es un cheque en blanco para el caudillo. Indica que casi la mitad de la sociedad venezolana no comparte su revolución y que ha conseguido vencer su propio miedo para desafiar las condiciones hostiles que entrañaba respaldar a Capriles. En este sentido, la legitimidad que obtiene en las urnas Chávez, y que impedirá a sus adversarios seguir tratándolo como si fuera un simple dictador, tiene como contrapartida para él tener que asumir que Venezuela ya no es un todo indiferenciado que lo sigue sin reservas y que sus adversarios no son una minoría exigua al servicio de intereses inconfesables.