Los consejeros matrimoniales no recomiendan celebrar los aniversarios de boda en el mismo lugar del viaje de novios. La nostalgia es una mala vara de medir. Aún así, Francia y Alemania han querido renovar sus votos en Ludwigsburg, el lugar donde, por decirlo de alguna manera, transcurrió la luna de miel de la alianza franco-alemana, seguida de aquel auténtico viaje de novios que fue el «tour» de De Gaulle por Alemania en 1962. No está claro que haya sido una buena idea repetirlo este año. Como los esposos despistados, Merkel y Hollande se han equivocado de fecha (fue un 9 de septiembre, no un 22). Hace cincuenta años, De Gaulle habló sin notas en alemán (lo hablaba perfectamente). Ayer, Hollande y Merkel no se atrevieron a decir más que una frase en el idioma del otro, y la leyeron de un papel que llevaban escrito. Eso sí, dijeron la misma.
No se puede decir que Francia y Alemania sean una pareja en crisis, en todo caso. El discurso beligerante contra las recetas de austeridad alemanas con el que fue elegido François Hollande en mayo se ha ido disolviendo a medida que el presidente se ha topado con dificultades y números que no le salen. En junio todavía parecía que encabezaba una revuelta de países del sur contra Alemania, pero a la vuelta de vacaciones Hollande dice que quiere ser un «puente» entre el centro y la periferia.
También Angela Merkel ha suavizado mucho su discurso. Sigue rechazando categóricamente la mutualización de la deuda y aceptando solo en parte la unión bancaria. Pero ya no está en una posición de fuerza y lo sabe. La economía alemana ha empezado a perder fuelle, y Merkel también. «Merkozy» era una farsa, una entrega de París a Berlín a cambio de que se dijese que era una alianza, una estratagema que permitía a Francia disimular su debilidad y a Alemania disimular su fuerza. «Merkollande» es más de verdad, una alianza entre dos países que se ven cada vez más debilitados.
El problema es que la Unión Europea no es, o no debería ser, una alianza franco-alemana. «Cuando dice Europa, quiere decir Francia», aseguraba Macmillan sobre De Gaulle, precisamente, y era cierto. Si cincuenta años después decir Europa quiere decir Alemania y Francia, solo nos queda mirar desde detrás del enrejado del palacio de Ludwigsburg como se decide nuestro futuro, espectadores pero no invitados. Salvo pequeños aspavientos, Europa sigue desaparecida.
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