Un radical obligado a gobernar como un demócrata

Mohamed Mursi, nuevo presidente de Egipto, podría ceder la política exterior al Ejército a cambio de controlar la doméstica


Los medios de medio mundo se preguntan si Mohamed Mursi, el nuevo presidente de Egipto, es un moderado o un extremista. La esperanza, por supuesto, es que la respuesta sea que es un moderado.

Esa respuesta es errónea, pero sobre todo lo es la pregunta. Mursi no es un moderado, es un radical, de otro modo nunca hubiese ascendido a la cúpula de los Hermanos Musulmanes (llegó precisamente con la purga de moderados de los años noventa).

Tampoco la pregunta tiene sentido. Lo que importa es si será, o mejor dicho si se comportará, como un demócrata. Y en un país como Egipto, aplastado por la corrupción y la pobreza, y sometido al control del Ejército, quizá no es posible ser demócrata, es decir seguir la voluntad del pueblo, y ser moderado.

De hecho, el temor de muchos egipcios es precisamente que Mohamed Mursi acabe no siendo lo suficientemente radical en algunos aspectos. Los Hermanos Musulmanes no son una organización revolucionaria, sino conservadora y gradualista. En el pasado ya han pactado con los militares para sobrevivir y muchos temen que Mursi vuelva a hacerlo.

Puesto que los generosos subsidios que recibe el Ejército desde Estados Unidos están condicionados a mantener una actitud subordinada ante Israel, para los militares es esencial mantener el control sobre la política exterior. Mursi podría ceder ese área del poder a cambio de que le dejen las manos libres en la política doméstica. Esa será la «prueba del nueve» de su independencia política.

¿Peligro de islamización?

En cuanto al mayor temor de Occidente (y de muchos egipcios), el «peligro de islamización», esa preocupación parte de una lectura poco matizada de la historia política de la región. Los regímenes islámicos opresivos que conocemos son el producto de revoluciones violentas (Irán, Afganistán) o pervivencias medievales (Arabia Saudí). No valen de precedente para lo que pueda ocurrir en una democracia.

En ese sentido, los dos ejemplos de partidos islamistas que han llegado al poder a través de las urnas no son particularmente descorazonadores. En Turquía, los islamistas han resultado ser un factor de democratización en una sociedad hasta entonces sometida a una dictadura, laica pero sangrienta.

Túnez está todavía comenzando su andadura democrática, pero los radicales islámicos protestan ya del pragmatismo de sus correligionarios en el poder. Nada garantiza que los islamistas egipcios vayan a ser igual de pragmáticos, pero es lo más probable. La amenaza para la democracia, de momento, sigue estando más en los cuarteles que en las mezquitas.

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