No es la primera vez que Belén y la basílica de la Natividad ocupan portadas y protagonizan negociaciones diplomáticas. En el 2002, fue escenario de un cerco total a lo largo de 39 días. Corría la segunda intifada y un grupo de militantes palestinos se refugiaron en el templo huyendo de una ofensiva israelí. Los tanques en la plaza del Pesebre vigilaron durante ese tiempo la puerta de la Humillación, el minúsculo acceso a la iglesia, mientras más de 200 civiles y religiosos permanecían en el interior, con pocas mantas y menos comida y agua.
En las largas jornadas de abril y mayo, algunos de los refugiados y monjes fueron alcanzados por francotiradores, unos pocos lograron huir y varios decidieron entregarse. El Vaticano lanzó advertencias a Israel, mientras que un grupo de activistas internacionales lograron acceder a la iglesia. Un acuerdo, según el cual trece palestinos fueron deportados a España y otros países europeos, acabó con el asedio a la basílica.
Desde entonces, y por razones obvias, Belén vuelve a la actualidad cada Navidad. La llegada de peregrinos atrae a los medios, como también lo hacen las tensiones entre monjes de las congregaciones que cuidan de la iglesia según el llamado status quo y que han llegado a defender las baldosas que les corresponden a escobazo limpio.