L os plazos de la democracia no son los de la economía. Ese fue unos de los problemas del euro. Ese fue siempre el gran problema, quizá, de todo el proyecto europeo.
Así, la crisis política griega no es solo política, también es de reloj y taco de calendario. Hasta ahora, cada vez que la Unión Europea se encontraba con la dificultad de que un país miembro votaba lo que no debía (como Irlanda, por ejemplo), la UE lo resolvía haciendo que se volviese a votar hasta que saliese el resultado deseado. Cuando se trataba de un país importante al que no se puede forzar a repetir una votación, como por ejemplo cuando Francia dijo no a la Constitución europea, se usaba otra técnica del arsenal del «déficit democrático»: dejar pasar el tiempo y aprobar un documento parecido pero con un nombre distinto y menos páginas.
En el caso de Grecia, simplemente no hay ese tiempo. Incluso si las nuevas elecciones se celebrasen el mes que viene, no habrá un Gobierno operativo hasta julio, y antes del 30 de junio se supone que tendría que presentar un plan de recortes equivalentes al 5 % de su PIB (nada menos). La UE podría ser flexible, pero es posible que los inversores que tienen bonos griegos no lo sean tanto. Y esto, por supuesto, sin contar que las encuestas indican que no se está produciendo ningún regreso de los «votos rebeldes» a los partidos pro austeridad, sino todo lo contrario.
Pero Grecia es tan solo uno de los lugares en los que corre el reloj de arena. En pocos días a la troika (Comisión Europea, FMI y BCE) le toca revisar la situación de Portugal, y a finales de mes Irlanda vota (o no) el acuerdo fiscal de UE. Si el resultado es no, y nadie puede asegurarlo, tampoco habrá margen para «corregirlo», porque en julio toca revisar también el plan de rescate a Irlanda. Y todo esto sucederá antes de que entre en vigor el nuevo fondo ampliado del Mecanismo Europeo de Estabilidad, por lo que estaremos contemplando una serie de saltos mortales sin red. Un solo resbalón en cualquiera de estas delicadas maniobras, y el equilibrista acabará mordiendo el polvo. Se trata de un auténtico laberinto del Minotauro en el que cada camino que se toma no está claro si nos aleja del peligro o nos acerca aún más. Y no hay que olvidar los imprevistos. Sobre todo porque, dada la situación actual, lo más probable es que los imprevistos sean para mejor.