Babar o Pinocho en el Elíseo

Ambos se ganaron a pulso sus apodos con imprecisiones y mentiras


parís / corresponsal

Nadie es perfecto, ni siquiera los dos hombres que se disputan hoy la presidencia de Francia. A François Hollande lo llamaban Flamby sus compañeros socialistas antes de que un ministro de la derecha lo rebautizara como Babar. El rey de los elefantes tiene una especial habilidad para no mojarse en los temas más sensibles. A Nicolas Sarkozy lo apodan Pinocho, porque nunca deja que la realidad le estropee un argumento.

El hacha de guerra la desenterró Carla Bruni al principio de la campaña. «Los periodistas son todos unos Pinochos», aseguró la primera dama simulando con las manos cómo le crecía la nariz. La gracia fue grabada y ampliamente difundida. Empezó la caza implacable de las mentiras del presidente.

Sarkozy tardó casi una semana en admitir que no había estado en Fukushima después de alardear de ello en un mitin. «Nadie va a Fukushima, es una zona prohibida», y su portavoz Nathalie Kosciusko-Morizet tuvo que admitir que su jefe había «adornado» el relato.

Le traiciona la memoria a corto plazo. Dos días después de convocar su fiesta del «verdadero trabajo» negó ante las cámaras haber pronunciado la frase que suscitó recuerdos totalitarios. Se presentó como víctima de una manipulación. Por supuesto, la frase estaba grabada y Sarkozy tuvo que entonar un público mea culpa.

De nada sirvió que el Consejo del Culto Musulmán negara haber pedido el voto para Hollande, Sarkozy insistió en sus mítines en que le apoyan «las 400 mezquitas de Francia»; ni que la asociación Francia Tierra de Asilo negara que Hollande se hubiera comprometido en una carta a acabar con los centros de retención de inmigrantes; ni que «La Zapatera» fuera Ségolène Royal, porque le venía mejor llamar así a Martine Aubry. El paro en España aumentó un día el 220 % y al siguiente el 289 %.

Superar la imagen de flan

El debate del miércoles sirvió para que François Hollande superara la imagen de flan industrial fofo que le atribuyó en el 2003 su compañero de filas Arnaud Montebourg al bautizarlo como Flamby, pero muchos lo siguen viendo como «la izquierda blandita». Cuando el ministro de Educación Luc Chatel recurrió al imaginario infantil para proclamarlo «Babar, rey de los elefantes», la vieja guardia del PS, conocida durante años como «los elefantes del partido», se dio por aludida. El personaje infantil vuelve a la selva para civilizar al resto de los paquidermos en unas aventuras no exentas de connotaciones colonialistas.

Tuvo que subir el voto del Frente Nacional para que se pronunciara sobre el control de la inmigración; ha borrado la legalización de la eutanasia y el matrimonio homosexual de sus últimas intervenciones y no explica de dónde sacará dinero para financiar la contratación de 60.000 nuevos maestros, ni para conseguir que las cárceles sean dignas ni para proteger los derechos de los consumidores.

Hollande ha abusado de las imprecisiones y ha manejado con habilidad las estadísticas de diferentes organismos para rebatir las cifras de su rival. Tras Babar, la derecha decidió que más que un elefante es una anguila.

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