La capital se empobrece al ritmo de la violencia


Los comerciantes siguen lustrando sus productos a falta de clientes. Con más de un año sin apenas ingresos, sobreviven como pueden. «La mayoría tenemos tiendas en Europa y de esas vivimos. Yo mando todo lo que tengo aquí a Canadá, donde mi hijo tiene una tienda. Y cuando ya no me quede nada cerrare aquí», explica el dueño de una mueblería.

La gente se agolpa en los cajeros para sacar dinero con un límite de 300 euros cada vez. Los cajeros se van vaciando, al tiempo que las colas de pacientes hombres y mujeres se desplazan a otros cajeros que aún dan dinero.

Los precios se han duplicado, la libra siria se ha devaluado vertiginosamente y los alquileres siguen subiendo. Las calles de la capital se llenan de tenderetes y puestos improvisados a manos de campesinos venidos del sur huyendo de los enfrentamientos. Los mendigos que antes apenas formaban parte del paisaje urbano se agrupan ahora en esquinas y mezquitas.

Los jóvenes de clase media alta emigran ya sea a Europa o a países vecinos. Imad acaba de encontrar trabajo en Beirut como informático y aunque apenas sobrevive con su sueldo afirma que es mejor que nada. Otros tienen menos suerte y se juntan en la calle Vía Recta a hacer un botellón. Con latas de cerveza en la mano y un puñado de colillas a los pies discuten animadamente en la conocida plaza de los Champiñones. Rouad trabajaba en un hotel y no encuentra trabajo desde hace seis meses. «No tenemos trabajo ni nada que hacer, así que mejor beber con los amigos mientras esperamos», concluye.

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