N unca un atentado llega en buen momento para nadie, y menos para quien lo padece. Pero los coches-bomba de ayer en Damasco ponen en serias dificultades también al principal grupo opositor, el Consejo Nacional Sirio (CNS). Y no porque esta organización esté detrás de ellos (son claramente obra de la facción iraquí de Al Qaida) sino porque vienen a profundizar la crisis interna que se ha apoderado últimamente del CNS. Igual que un régimen policial como el de Damasco, cuando sufre un revés militar, empieza a padecer deserciones y a fragmentarse, el reciente fracaso de la oposición en la ciudad de Homs le está pasando factura con divisiones y dimisiones, en concreto las de varios miembros de la cúpula del CNS, que exigen un congreso urgente en Turquía y el cese de su actual líder, Burhan Ghaliun, al que acusan de tendencias autoritarias.
Evidentemente, no es ese el problema. Más bien se trata de que Ghaliun está apoyado por Arabia Saudí, que se disputa con Turquía el patronazgo del CNS. Es a Ghaliun a quien se atribuye la decisión de aceptar a la guerrilla islamista del Ejército Libre Sirio como brazo armado del CNS, lo que ha derivado en una militarización del conflicto y la marginación del CNS. Esta estrategia venía dictada por Riad, que es la que arma al Ejército Libre a través de Jordania. La táctica no ha funcionado y el sector patrocinado por Turquía considera que ha llegado el momento de pedir cuentas.
En la lectura de este sector crítico, las manifestaciones a favor del régimen en los últimos días no son tanto una muestra de apoyo a Al Asad como una condena al giro violento que ha dado la oposición. Y la intromisión de Al Qaida ayer no hará sino agravar esa dificultad que tienen todavía muchos sirios para sintonizar con la revuelta.