La batalla final de Admadineyad

Las elecciones del viernes medirán su fuerza y la del líder supremo

Reuters

dubái / servicio especial

Los iraníes acuden el viernes a las urnas para elegir un nuevo Parlamento en la primera votación nacional desde la reelección de Mahmud Ahmadineyad en el 2009 y en medio de una nueva campaña de represión. Los comicios están marcados por una apatía generalizada entre la población urbana y por la ausencia de candidatos reformistas, lo que deja el campo abierto a una lucha interna entre las dos facciones más duras del régimen. Es la batalla final entre el propio presidente Ahmadineyad y el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei.

En los carteles colgados en las principales avenidas de Teherán estos días casi al único que se ve llamando al voto es a Jamenei, a pesar de no ser candidato. «Las elecciones son muestra del estilo de vida y de la madurez de un pueblo», se puede leer en uno. El lacónico mensaje intenta animar a la gente a acudir a las urnas. Con la economía por los suelos, las sanciones occidentales y el temor a una guerra inminente, los ciudadanos están más preocupados por llegar a fin de mes o por poner a salvo de la inflación sus ahorros que por la convocatoria electoral

«De momento todo está tranquilo y solo han colgado carteles. Ya veremos qué pasa. Yo, como siempre, pienso participar», asegura una maestra que votó en todos los comicios de los últimos 15 años. No todos los iraníes son tan entusiastas, y de ahí el empeño por otorgar al voto valor de deber religioso.

Esta campaña electoral plana y desangelada contrasta de forma llamativa con las pegadas de carteles animadas y coloristas que solían marcar los comicios en las últimas convocatorias. No hay pasquines, ni reparto de octavillas y los medios de comunicación casi no ofrecen información electoral, salvo breves notas sobre el número de candidatos.

El régimen se ha lanzado en las últimas semanas a una nueva campaña de castigo contra la libertad de expresión, según denuncia Amnistía Internacional (AI). «Cualquier cosa, desde la creación de un grupo social en Internet, formar o unirse a una ONG, o expresar oposición al estatus quo puede hacer que los iraníes acaben en la cárcel», explica Ann Harrison, vicedirectora de AI para Oriente Medio.

Los partidarios de Jamenei, los más radicales y beligerantes con Occidente, confían en dominar el Parlamento, dada la falta de candidatos reformistas y la exclusión de muchos seguidores del presidente, a los que tachan de «desviacionistas». No dudan en agitar el fantasma recurrente del «enemigo exterior» para convencer a los ciudadanos de que participen como muestra de unidad. Incluso los partidarios de Ahmadineyad han recurrido a la imagen del líder supremo para atraer votantes, dada la impopularidad del presidente, cuya política se ve desde la calle como la culpable de la crisis económica de Irán.

Hay que señalar que tanto en los asuntos externos como internos de Irán, la última palabra en materia política es de Jamenei, y no de Ahmadineyad (en la recta final de su segundo y último mandato). El líder supremo tiene claro que el controvertido programa nuclear debe seguir adelante, a pesar de la imagen del país en el exterior. Sin embargo, aunque la mayoría de los iraníes apoyan ese empeño, Jamenei es tachado de dictador entre las élites urbanas. El régimen sigue siendo popular en las zonas rurales, donde la política de dádivas es aún generosa y las sanciones occidentales no han mordido con fuerza.

Hay que esperar al sábado para comprobar si, como dice otra de las pancartas, «cuanto más animadas sean las elecciones, mayor será grandeza de la nación iraní ante los ojos de los enemigos».

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