Una retirada salomónica

Leoncio González

INTERNACIONAL

24 jun 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Salomón Obama. El calendario de retirada anunciado por el jefe de EE.UU. se queda a medio camino de lo que exigían los partidarios de un repliegue más rápido sin someterse tampoco a quienes presionaban para mantener la presencia actual hasta el 2014. Es, por tanto, un equilibrismo difícil sobre un alambre muy fino. Busca desactivar la acusación de promover una escalada, que podría entorpecer su reelección dentro de un año, al tiempo que evita el vacío de poder que crearía en Afganistán una salida menos gradual.

La decisión estaba cantada después de que la ejecución de Bin Laden eliminase la razón más poderosa para invadir el país asiático. Tiene que ver con la convicción de que la capacidad de regeneración de Al Qaida ya no depende en exclusiva de la contienda con los talibanes, pero también con dos hechos adicionales. Uno es la obligación de rebajar el gasto militar en un momento en el que el talón de Aquiles de EE.UU. es un endeudamiento descomunal.

El segundo es la necesidad de Washington de recuperar la capacidad de desplegarse en otros frentes. Como se ha visto en Libia, la presencia en Afganistán y en Irak se ha convertido en una ratonera que hipoteca el poder de maniobra norteamericana y limita sus respuestas en nuevos focos de conflicto.

El ritmo de la retirada supone un revés para la doctrina contrainsurgente abanderada por el general Petraeus que hizo furor en Irak, pero se estrelló en Afganistán con la irreductibilidad de los talibanes para dejarse sobornar como los insurgentes suníes. Es, al mismo tiempo, la paletada de tierra que sepulta el concepto de guerra contra el terror ideado por George W. Bush en respuesta a los atentados del 11-S.

La medida no está exenta de riesgos. Las tropas internacionales son un factor de estabilidad y su marcha envalentonará a los talibanes, que ahora solo tienen que esperar un par de años para intentar adueñarse del país de nuevo. En este escenario, hay que esperar un recrudecimiento de la tensión entre la India y Pakistán a cuenta del control de Kabul, un casus belli previsible entre dos potencias atómicas.