L a propuesta de establecer dos Estados, uno palestino y otro israelí, sobre la base de las fronteras de 1967 siempre ha sido la postura oficial de la ONU, la comunidad internacional y del propio Estados Unidos. Incluso Israel había aceptado este principio hace años.
Si Obama se ve obligado a solemnizar esa premisa es porque hace tiempo que Israel, envalentonado, ha dado marcha atrás y evita definirse sobre este punto. Más significativo aún es lo que Obama no ha dicho: ni siquiera ha mencionado la colonización de Jerusalén y Cisjordania, que se ha acelerado en los últimos meses. En un principio, el presidente norteamericano intentó sin éxito exigir a Israel que detuviese esas actividades, después pidió que al menos las suspendiese durante un tiempo de manera simbólica. Ahora ya ni siquiera se atreve a recordárselo a Israel.
Virtualmente, ninguna. La humillación que supuso para Obama la negativa del Gobierno israelí a detener la construcción de asentamientos lo ha dejado en una posición extremadamente débil. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha comprendido que Obama, que tiene que responder ante un Congreso norteamericano fuertemente pro israelí, no va a poder exigirle nada. Por su parte, los palestinos ya no creen que esta Administración norteamericana tenga autoridad suficiente para mediar con los israelíes. Por eso han decidido recurrir directamente a la Asamblea General de la ONU para que reconozca su declaración de independencia, prevista en principio para septiembre. Estados Unidos no quiere más inestabilidad en una región cada vez más volátil, y también teme el aislamiento internacional de Israel. Esta es la razón del discurso en este momento: tratar de recuperar la iniciativa en una región en la que su influencia es cada vez menor a medida que las revoluciones árabes van trastocando las lealtades y los vínculos.
Obama fue ambiguo. Condenó sin ambages el régimen libio, con el cual está en guerra. Invito a dimitir al presidente de Yemen, que ya está a punto de hacerlo de todos modos. Pero se cuidó mucho de no criticar la represión en los países aliados como Bahréin o Arabia Saudí. Incluso fue poco contundente con la represión en Siria, con un régimen que sin ser amigo es considerado preferible a una alternativa democrática y potencialmente más antiisraelí. Estas contradicciones no pasarán desapercibidas en el mundo árabe, y son en cierto modo el reverso de su famoso discurso de El Cairo, en el que invitó a exigir más libertad.
¿Qué contiene de nuevo el discurso de Obama?
¿Existe alguna posibilidad de relanzar el proceso de paz?
¿Puede tener algún efecto sobre las revoluciones árabes?