Muamar el Gadafi siempre ha odiado Bengasi. «La vieja bruja» (?al-yus al-shamta?), solía llamarla. Hace tiempo quiso incluso demoler sus hermosos edificios otomanos y sustituirlos por la horrenda arquitectura moderna de Trípoli. Solo la intervención de la Unesco los salvó, cuando las excavadoras estaban ya en marcha.
Gadafi quiso acabar con Bengasi y ahora Bengasi quiere acabar con Gadafi, porque esta es la ciudad donde se reunía ayer en secreto el gobierno provisional que han creado los rebeldes en el este del país.
Ese comité lo forman sobre todo abogados, los impulsores iniciales de la revuelta, los que convocaron las primeras protestas en Bengasi (los tan temidos islamistas se mantienen discretamente en un segundo plano). De momento, sus gestiones han tenido ya algún éxito al lograr organizar tareas de limpieza y abastecimiento. A pesar de la prácticamente total ausencia de agentes de la policía, hay orden en las calles. El comercio no se ha reanudado con normalidad, pero las refinerías de petróleo, sorprendentemente, funcionan, a pesar de la marcha apresurada a sus países de los técnicos extranjeros.
Pagar a sus hombres
Esto último tiene una enorme importancia, porque, toda vez que ya está claro que el conflicto se va a prolongar, las refinerías han pasado a convertirse en el objetivo estratégico principal de ambos bandos. Sobre todo del de Gadafi, que tan solo controla ahora un 20% de los recursos petrolíferos.
Con sus fondos congelados en todo el mundo y amenazado por las sanciones internacionales, sabe que pronto necesitará crudo no solo para mantener a sus hombres en movimiento sino incluso para pagarles. Por eso, como en Mad Max, aquella película futurista con Mel Gibson, toda su táctica está encaminada ahora a conseguir gasolina en el desierto.
El ataque del miércoles a Bureqa (Brega) y el de ayer a Zauiya tienen ese objetivo concreto: controlar las instalaciones petrolíferas de esas dos ciudades. Brega resistió sorprendentemente bien, y los rebeldes han conseguido tomar incluso Ras Lanuf, otro centro industrial importante situado un poco más al oeste. Pero, desgraciadamente para los sublevados, el oleoducto que conecta Libia con Italia está cortado.
El crudo podría transportarse por mar, pero para ello sería necesario crear la famosa zona de exclusión aérea, al menos sobre el este de Libia y el golfo de Sirte. Esta es la decisión más importante que se presenta al nuevo gobierno rebelde, y quizás la más difícil de las que tendrá que adoptar.
El susto de casi perder Bureqa (Brega) esta semana ya ha inclinado a muchos hacia la opción de pedir ayuda y es posible que la casi inminente caída de la localidad de Zauiya, situada en el oeste, termine por inclinar la balanza.
Las refinerías se han convertido en el objetivo estratégico de ambos bandos