Una especie de envidia política colectiva lleva a imitar a los tunecinos
29 ene 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Ya no es una posibilidad, es un hecho: la rebelión tunecina se ha contagiado al mundo árabe. Porque Egipto es, simple y llanamente, el mundo árabe. No es ya solo que se trate del país árabe más poblado e importante. Geográficamente, y también simbólicamente, es el centro, el eje de una cultura, o de una sociedad, que se extiende a ambos lados del Nilo.
Ayer, finalmente, el pequeño fuego que se encendió en Túnez hace apenas unas semanas había alcanzado los gigantescos puentes sobre el río y la imagen resultante no podía ser más metafórica: los policías secretos egipcios intentaban contenerlo armados con los palos con los que sacrifica a los animales para las fiestas.
Pero el fuego estaba a punto de cruzar a la otra orilla y no parecía que el régimen de Mubarak lo tuviese muy fácil para impedirlo.
A lo largo de estos días se ha insistido mucho en las diferencias entre los distintos países árabes, y es cierto. Las hay entre los países del petróleo y los del hambre, los de los ríos y los de la arena. Hay, sobre todo, diferencias políticas cruciales: Siria y Libia son dictaduras policiales sin más; Jordania y Marruecos pueden describirse como despotismos ilustrados (probablemente más de lo primero que de lo segundo); los Estados del Golfo no son más que enclaves, sucursales bancarias, espejismos en fin; Irak es un desastre; Arabia Saudí, una teocracia medieval; el Yemen, una sociedad tribal con un Estado débil; Argelia, un régimen autoritario aperturista. Solo el Líbano puede considerarse una democracia, aunque imperfecta.
Y, sin embargo, una de las lecciones de estas semanas es que, al margen de estas diferencias, el viejo y vapuleado mito del panarabismo, la idea de que todos los árabes forman parte de una misma sociedad, se ha visto reivindicada inesperadamente y se ha convertido en una fuerza democratizadora. Son esos sentimientos de identidad, la lengua y las cadenas globales, la base de esta nueva demostración de la «teoría del dominó».
Lo que parece haberse producido es una especie de «envidia política colectiva» que hace que en todos los rincones del mundo árabe la gente quiera lo mismo que han conseguido los tunecinos. Estos no han dejado de subir la apuesta, radicalizando cada vez más su postura y negándose a todos los intentos de proporcionarles una transición «a la española» a partir del régimen existente. Al hacerlo, han demostrado que los viejos axiomas ya no sirven: el Ejército, que en otros tiempos hubiese resuelto la inestabilidad con un golpe de Estado, no ha intervenido.
Pronto sabremos si esta novedad también se da en Egipto, donde el toque de queda puede ser tanto la salvación de Mubarak como su tumba política. Si el Ejército se mantiene al margen, el régimen no podrá sostenerse y el mensaje será claro para los demás regímenes árabes: nada puede considerarse seguro. Quizás es cierto que estamos en un nuevo siglo, después de todo.
La idea de que los árabes forman una misma sociedad es la base de la teoría del efecto dominó