Los halcones deberán esperar

leoncio gonzález REDACCIÓN / LA VOZ

INTERNACIONAL

20 ene 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Lo que hacía más inquietante el encuentro de ayer entre los presidentes de China y EE.UU. no eran las fricciones que han hecho saltar chispas el último año y medio sino la labor de zapa de influyentes sectores en el interior de cada uno de esos países, que presionan para revisar el marco de relaciones forjado hace ya más de cuarenta años con la visita de Nixon a Mao Zedong y sustituirlo por otro menos amistoso y de clara confrontación. ¿Cederían Obama y Hu a las pretensiones de estos halcones que piden mano dura o se mantendrían leales al espíritu que regula la pareja de hecho que, con sus más y sus menos, han mantenido sus antecesores?

La respuesta que parece salir de la Casa Blanca es que, por el momento, la cooperación sigue conviniendo a las dos partes. Es cierto que ambos líderes han puesto mucho empeño en no dejar traslucir gestos o expresiones susceptibles de ser interpretadas como debilidades, pero, sobre todo, lo es que han tenido cuidado en no trasladar la imagen de que sus países se alejan irremediablemente. Esto no garantiza que se resuelvan los conflictos abiertos ni elimina la posibilidad de que se desaten otros nuevos, entre otras razones, porque las corrientes de fondo empujan en esa dirección, pero al menos pone coto a quienes querrían dejarse conducir solo por ellas.

Recordemos qué tipo de corrientes son y adónde pueden conducir. Desde principios de los años 70, la correlación de fuerzas ha variado dramáticamente: China ha pasado de representar el 1% del PIB mundial a ser la segunda economía del globo mientras que EE.UU. tiene cada vez menos poder relativo para imponer sus pretensiones. Al mismo tiempo, ha adquirido un mayor interés por Asia. El centro de gravedad de la política exterior norteamericana está dejando de ser prioritariamente trasatlántico para ser cada vez más transpacífico. Esto se da de bruces con la mayor relevancia comercial de China, que empuja a Pekín a ampliar su área de influencia sobre el continente, especialmente en el mar, con el fin de asegurarse el control de las rutas por las que transita el tráfico que garantiza sus suministros, en detrimento de la primacía naval norteamericana.

Si no hubo todavía estallidos no se debe tan solo a la diplomacia sino a que, al mismo tiempo, hay otras fuerzas en acción que juegan a favor de la paz. Lo quieran o no, chinos y norteamericanos son tan interdependientes que sus economías nacionales pueden considerarse haz y envés. Los asiáticos son los principales banqueros de EE.UU. y le permiten seguir soportando su abultada deuda exterior. A su vez, Norteamérica es el principal mercado de las exportaciones chinas por lo que un desafío brusco desde Pekín podría tener consecuencias sobre su ritmo de crecimiento, sobre sus cifras de paro y, en última instancia, sobre su legitimidad.