Sayonara, Governator

Tatiana López NUEVA YORK

INTERNACIONAL

Tras siete años como gobernador de California, Arnold Schwarzenegger deja su puesto por la puerta de atrás, con un 70% de desaprobación y 25.000 millones de déficit

08 ene 2011 . Actualizado a las 21:01 h.

El día que Arnold Schwarzenegger llegó por primera vez a su despacho en el edificio de gobernación de California, el recién estrenado gobernador decidió anular un impuesto sobre los vehículos que hubiera reportado a las arcas públicas cientos de millones de dólares.

Según los expertos el acto fue el primero, pero no el último, de una larga cadena de errores de gestión que terminarían hundiendo a este estado en la peor crisis económica de toda su historia.

California ostenta actualmente uno de los índices de paro más altos de todo el país. Se calcula además que buena parte de su mercado inmobiliario está hipotecado, mientras que su déficit presupuestario estatal asciende a más de 25.000 millones de dólares.

Para algunos la crisis es el resultado de más de dos décadas de excesos en el estado del sol. Para otros el agujero económico es el legado de un político que entró en el puesto de gobernador con un índice de popularidad del 60% y salió de él con más de un 70% de desaprobación.

Un final que en nada se parece a los guiones que Schwarzenegger solía protagonizar y que se firmaba oficialmente el pasado lunes tras la jura del demócrata Jerry Brown como nuevo dirigente de los californianos.

Del músculo a la política

Arnold Alois Schwarzenegger vino al mundo un 30 de julio de 1947 en la ciudad de Thal, en la fría nación de Austria. Su primer contacto con la fama lo tuvo tan solo con 18 años al convertirse en el campeón mundial de fisioculturismo en el concurso de Míster Universo. Cuentan que fue su gusto por los anabolizantes y sus grandes pectorales los que lograron hacerle un hueco en Hollywood, donde triunfó gracias a títulos como Conan el Bárbaro o Terminator.

Del cine al hemiciclo. El salto a la política no llegaría sin embargo hasta el año 2004, cuando, de la mano de los republicanos, Schwarzenegger logró ganar como gobernador en el estado de California.

Hasta entonces el único contacto del austríaco con el poder había sido a través de su mujer, María Shriver, una de las integrantes del famoso clan de los Kennedy.

Esta falta de experiencia no impidió, sin embargo, que el ex actor trajera consigo una nueva forma de gobernar, mucho más popular.

Allá donde iba, Schwarzenegger se hacía acompañar de una legión de guardaespaldas, mientras cada uno de sus movimientos era retransmitido en directo gracias a un camión oficial con conexión vía satélite. Su estilo de alfombra roja pronto le valdría también el aplauso de su partido, quien llegó a sugerir que se cambiara la Constitución por si el austríaco quería algún día presentarse a presidente.

En el año 2006, Schwarzenegger se consagraba definitivamente tras hacerse de nuevo con el puesto gobernador con un 55,9% de los votos.

Sería su último momento de gloria. Un año después un cáncer económico comenzaría a carcomer al estado del sol infectando a su paso cada eslabón del sistema.

Primero fueron algunos negocios los que se empezaron a resentir. Más tarde les llegaría el turno a las instituciones públicas, que tuvieron que someterse a un estricto régimen fiscal. Las escuelas públicas, por ejemplo, que antes presumían de tener un ordenador por alumno, dejaron de recibir dinero hasta para poder comprar grapadoras. En pocas palabras, California dejó de estar a dieta para simplemente pasar hambre.

No toda la culpa fue de Schwarzenegger. California es conocida en los EE.?UU. por su complicado sistema de gobierno, que obliga, por ejemplo, a que cualquier reforma presupuestaria tenga que ser aprobada por dos tercios del Congreso.

«Básicamente, lo que eso quiere decir es que antes inclusive de empezar a negociar ya tienes que estar discutiendo qué vas a hacer y qué no», se quejaba en una entrevista reciente el ex gobernador, quien pronto se convirtió en víctima de su propio exhibicionismo.

Con las malas noticias económicas, la imagen Schwarzenegger empezó deteriorarse segundo a segundo. Sus excentricidades, antes aplaudidas por la plebe, comenzaron ser vistas con recelo. Lo que antes era glamur pasó a ser considerado como un exceso. Sus botas de cowboy eran antiecológicas. Sus cigarros olían mal y su marcado acento austríaco dejó de entenderse.

Políticas verdes

A pesar de su desgaste no todos los californianos repudian estos días del que fue su mandatario.

Para los defensores de Schwarzenegger, por ejemplo, el ex gobernador pasará a la historia como uno de los pioneros en la implementación de las llamadas políticas verdes, como las carreteras ecológicas o el recorte de gases CO2. La cruzada por salvar al planeta le valía al gobernador el reconocimiento de los liberales, y el resentimiento de muchos sus compañeros de hemiciclo, quienes nunca le perdonaron su individualismo. El hombre que comenzó su carrera política poniendo en duda la virilidad del partido demócrata tuvo que recurrir al final a sus enemigos para poder aprobar muchas de sus iniciativas medioambientales.