Antes de que los restos de Kirchner alcanzaran la paz del sepulcro, las operaciones políticas comenzaron a disparar información en uno u otro sentido. Para los medios oficiales, fueron 400.000 las personas que pasaron frente al ataúd, y para los opositores, apenas 80.000. Unos aseguraban que Cristina Fernández estaba aprovechando políticamente el velatorio de su esposo, y otros solo hablaban de auténticas muestras de dolor. Tal vez la realidad esté en el medio y las especulaciones en caliente haya que dejarlas de lado a la hora de escribir la historia.
La muerte de Kirchner no deja un vacío institucional, porque Cristina Fernández tiene su Gobierno conformado, el Parlamento funciona y la Corte Suprema de Justicia mantiene una sólida independencia. Pero en el terreno político, la cuestión es bien diferente.
El ex presidente tenía el control del Partido Justicialista (PJ) y ahora la lucha por el manejo del aparato político más importante del país será despiadada.
El hombre más cercano al matrimonio presidencial, gobernador de la provincia de Buenos Aires y ex vicepresidente del Gobierno de Kirchner, Daniel Scioli, es también el vicepresidente del PJ y quien debería asumir su presidencia. Ayer declaró a que, a petición del propio Kirchner, va a «estar donde Cristina lo necesite».
En la acera de enfrente está Hugo Moyano, el secretario general de la CGT y al que Kirchner le dio un inmenso poder, pero a quien la semana pasada parecía haberle quitado apoyo. De hecho, la noche del martes el líder sindical y Néstor mantuvieron una dura conversación que habría afectado al ex presidente.
Moyano se apuró a decir que la presidenta del PJ debe ser Cristina Fernández, en un claro intento de que Scioli no siga sumando poder y, como muestra de apoyo, también ayer tuvo una reunión con Héctor Méndez, presidente de la Unión Industrial Argentina, con el que firmó un pacto de paz social para ayudar a la presidenta y «evitar que el país vaya a una colisión».