La diplomacia no es la realidad. Si lo fuera, la conferencia para la revisión del Tratado de No-Proliferación Nuclear (TNP) que acaba de concluir podría considerarse un éxito. Se ha instado a los países nuclearizados que aún no han firmado el tratado a que lo hagan; se ha dispuesto que Oriente Medio sea una región sin armas atómicas y se ha exigido a las potencias nucleares reconocidas que inicien negociaciones de desarme. Prometedor, pero inconcreto.
Los países recalcitrantes (Israel, Pakistán, la India, Corea del Norte) no piensan suscribir el pacto ni se ven amenazados por ninguna forma de sanción si no lo hacen. Un Oriente Medio desnuclearizado ya figuraba en las conclusiones de 1995, confirmadas en el 2000. En cuanto a las negociaciones para el desarme global, tampoco esta vez se ha fijado calendario. Incluso Estados Unidos, que sí ha hecho algún progreso importante con Rusia en este sentido, se opuso tajantemente a imponerse un plazo. Y eso que la fecha que se barruntaba, el 2025, no está precisamente a la vuelta de la esquina. En definitiva: lo que se ha acordado no es para tirar cohetes, si es que la expresión no resulta demasiado irónica aquí.
En cambio, sí ha habido novedades en el terreno de las palabras, por lo que esto pueda valer. Se han puesto algunas cosas en su sitio. No hubo condena a Irán, como hubiesen deseado algunos países, por el tozudo hecho de que Irán no ha incumplido con sus obligaciones bajo el TNP. Israel, en cambio, ha recibido una reprimenda, al verse señalado como país al margen de la legalidad en materia nuclear y el principal obstáculo para el desarme en Oriente Medio. Aunque Tel Aviv suele ser inmune a estas críticas, ha tenido que experimentar un escalofrío al ver que Estados Unidos no vetaba la resolución. Pero Washington poco podía hacer esta vez. Esto fue lo que hizo zozobrar la conferencia del 2005, y un nuevo fracaso ahora hubiese destruido el TNP, que Estados Unidos considera indispensable para impedir en el futuro el terrorismo nuclear.
Lenguaje diplomático
Es esta, en el fondo, la contradicción que ha marcado esta conferencia desde un primer momento: Por una parte el deseo sincero de la Administración Obama de convertir el TNP en una herramienta para fiscalizar la proliferación; por otra, el temor de que esa fiscalización se vuelva tan eficaz que acabe poniendo en aprietos a sus aliados (Israel, Pakistán y la India) y a las propias potencias del club nuclear. Y ahí es donde entra el lenguaje diplomático, a veces la única manera de expresar la contradicción con cierta elegancia.