«Las amputaciones llaman la atención pero son algo normal en un terremoto, y más si la gente aparece con miembros necrosados», dice Lafuente. Pero la visita a una de las pocas salas apartadas del espacio común, donde se recuperan los heridos graves, impacta al ojo desacostumbrado.
La historia de la niña de catorce años que tuvo que ser reamputada en la pierna izquierda y aguanta junto a su madre sin gritar ni llorar. La del hombre que agradeció cuando despertó y vio que no tenía brazo. La del niño de cinco años que llegó con su madre, que dijo «ahora vuelvo» y nunca regresó, y ahora a ese niño que no habla lo acompaña en el colchón una chica que perdió a su hijo de seis años. Hijos, madres.
Hay un drama que aparece de manera recurrente desde el seísmo, y que tiene en vilo a los sanitarios de La Paix. Unicef ha advertido de que hay organizaciones fantasma buscando niños con el pretexto de trasladarlos, y luego han desaparecido.
Españoles y latinoamericanos trabajan coordinadamente en jornadas maratonianas y con una entrega envidiable. Entre todos destacan un grupo de monjas españolas con residencia en Haití que han perdido su casa y una hermana de la congregación, pero no el ánimo: «Yo llevo catorce años aquí y ha habido muchas catástrofes, pero lo que cambia esta vez es la solidaridad entre los haitianos», dice la hermana Rosa María.
Se repiten las palabras y las conclusiones inevitables sobre la necesidad, sea en cursiva o no, de estar ahí, entre escritorios que son camas de urgencias y colchones tirados en el frente del hospital donde reposan muchos de los 150 pacientes del centro. «No voy a olvidar las imágenes de la sala de pediatría, ni tampoco los malos ratos, pero seré el primero en estar disponible para la siguiente. Al fin y al cabo, si no venimos nosotros, ¿quién va a venir?», dice Francisco Bonilla, jefe de equipo en el hospital, tan rotundo que tras la frase se hace el silencio.