La tragedia es un gran negocio para algunos

Beatriz Lecumberri

INTERNACIONAL

El agua, la gasolina, las tarjetas telefónicas o los taxis registran una inflación récord desde hace una semana, cuando la tragedia se convirtió en la oportunidad de hacer negocios gracias a la escasez reinante y a la presencia de extranjeros.

Desde el 12 de enero en la ciudad falta de todo. Quien pudo almacenar bienes de primera necesidad, se hizo rico en pocos días. «Tenía varios bidones de gasolina y los he ido vendiendo. A 400 gourdes haitianos el galón. Y no negocio», afirma Ludovic, mientras el combustible desaparece en pocos minutos.

Antes del seísmo, el galón de gasolina (casi cuatro litros) costaba 200 gourdes, unos 5 dólares. Con la apertura paulatina de las gasolineras, los vendedores ambulantes desaparecen, pero incluso en los puntos de venta oficiales el precio ha subido un 20% de una semana para otra. «Si queremos trabajar, hay que pagar más por la gasolina. Al mismo tiempo, también ganaremos más al trabajar con los extranjeros. Es una cadena», afirma Leonard, un taxista.

Productos robados

En los puestos ambulantes de venta de agua y refrescos, los precios aumentaron más del 100%. La bolsita de cuarto litro de agua potable que costaba 1 gourde, ahora vale 3, y el refresco, que costaba 10, ahora se paga a 20. Las tarjetas telefónicas acaban costando el doble, al igual que los cigarrillos y el alcohol.

«Con seguridad los han robado de cualquier supermercado y ganan dinero revendiéndolos a este precio», se lamenta Corinne, que se aleja del carrito que transporta las bebidas cuando le dicen los precios. La misma situación se repite en los hoteles, invadidos por decenas de periodistas del mundo entero. «El martes, las habitaciones costaban 70 dólares, el miércoles 200», explica la gerente de un hotel que no da su nombre. «No robamos, ofrecemos un servicio».

En una ciudad en la que todos los restaurantes y el 90% de los supermercados están destruidos o cerrados, comer una vez al día es un lujo que se paga caro. Un plato de pasta con tomate a 11 dólares o unos huevos revueltos a 13, precios comparables a los de Madrid o Roma, están a la orden del día en Puerto Príncipe, capital del país más pobre de la región.