La CDU se lo apuesta todo a Merkel. El SPD reza, en cambio, para que Steinmeier no dé la puntilla definitiva a su declive
27 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.A veces los eslóganes electorales dicen mucho del subconsciente de los partidos. Es el caso de los comicios alemanes de hoy. La Unión Cristianodemócrata (CDU) de Angela Merkel comenzó la precampaña con una sola palabra, «Confianza», un lema típico de períodos de crisis económica. Luego cambiaron a «Tenemos la fuerza», y cuando vieron que las encuestas no les otorgaban tanta fuerza como esperaban se fueron a lo seguro con «Nosotros votamos a la canciller». Al final, la CDU se lo apuesta todo a Angela Merkel, la mujer a la que despreció la élite del partido, la que no logró ganar claramente las elecciones del 2005 (que todos daban por cantadas). La que tampoco parece que vaya a ganar claramente estas. Es la «paradoja Merkel»: cada vez se le quiere más, pero se le vota menos.
La explicación está en los efectos colaterales de estas «grandes coaliciones» que agrupan a los dos principales partidos de un país. Los empresarios y los periodistas las elogian como un esfuerzo de madurez y pragmatismo, pero los votantes terminan por castigarlas duramente en las urnas porque no se identifican con ellas. De ahí que la CDU siga sin mejorar su intención de voto.
Es cierto que, por su forma leal de conducir la coalición de Gobierno, la canciller se ha ganado el respeto de muchos alemanes. Pero el problema es que se trata de personas que no la votaron en su momento y que tampoco la votarán ahora. En política no es lo mismo suscitar simpatías que concitar adhesiones, y si Angela Merkel no logra hoy más que mantenerse en las elecciones, gobernará pero habrá comenzado su declive.
La agonía del SPD
En cuanto al otro socio de la coalición, el Partido Socialdemócrata (SPD), no ha comenzado su declive sino directamente su agonía. El declive lo comenzó bajo Schröder y sus políticas que invadían el espacio del centroderecha (la Agenda 2010). La invasión del espacio del centroizquierda por la Merkel ha terminado por desdibujar el perfil del SPD, que últimamente se ha enajenado hasta el voto de los sindicatos. Su lema electoral en esta ocasión era «Nuestro país puede hacer más», pero quien parece que ha llegado al límite de sus fuerzas es su gris líder, Frank-Walter Steinmeier, la prueba definitiva de que el «aburrimiento», contra lo que se ha dicho, no es un valor en la política alemana.
Pero esta parálisis de los dos grandes partidos no está tampoco siendo capitalizada por los pequeños partidos, que siguen siendo demasiado pequeños para influir decisivamente en la política federal. Los verdes continúan hundidos en una crisis de identidad aún mayor que la de los socialdemócratas y Die Linke sigue sin poder librarse de su imagen de «partido de la RDA».
En cuanto a los liberales del FDP, el partido de los grandes empresarios y los grandes escándalos, Merkel todavía no ha decidido si le harían más mal que bien en un Gobierno de coalición en este momento. La verdadera decisión, en todo caso, no va a tomarse cuando se abran los colegios electorales sino cuando se cierren.