La dignidad de un emigrante coruñés en la Argentina de la pobreza

Agustín Bottinelli

INTERNACIONAL

Eduardo Peiteado Seoane llegó desde A Coruña en 1958 y está sin trabajo fijo desde la época de Menem. Es una de las catorce millones de historias de miseria del país

17 ago 2009 . Actualizado a las 10:33 h.

En Argentina hay catorce millones de pobres cuyos ingresos no alcanzan el mínimo de los 250 euros necesarios para que una familia pueda subsistir. Esto quiere decir que en ese país hay catorce millones de historias de miseria, de padecimiento, de necesidad y también muchas, como la que vamos a contar aquí, cargadas de dignidad, de fuerza de voluntad, de ganas de superarse.

El coruñés Eduardo Peiteado Seoane tiene 65 años y vive junto a su hija, Natalia, en la localidad de Avellaneda, una zona industrial lindante con el sur de la ciudad de Buenos Aires. La humilde casa que ocupan desde hace 19 años fue testigo de los momentos más felices y más duros que le tocó vivir a la familia. Allí Eduardo y su esposa, Lilian, se mudaron poco después de que naciera Natalia; y fue en esa misma casa donde su mujer pasó sus últimos días antes de perder, a los 54 años, una batalla contra el cáncer.

Fotos y recuerdos

Ahora padre e hija luchan por salir adelante con unos ingresos mínimos y con la esperanza de que su suerte cambie algún día. «Nací en A Coruña, en 1944 -comienza a contar Eduardo- y vine para Argentina con mi padre y mi madre en 1958».

Sabía de nuestra visita y tal vez por eso sobre la única mesa hay varios álbumes de fotos y recortes viejos. Sin abrirlos, pero mirándolos fijamente, el gallego sigue con su relato. «Mi padre se llamaba Francisco Peiteado Cavanas y mi madre Elvira Seoane Caramés, ambos ya fallecieron, pero están en Galicia, mi hermana llevó sus cenizas y las dispersó...

El relato se corta porque a Eduardo se le hace un nudo en la garganta mientras su mano busca la de su hija. «Las echó -continúa- en la ría del Pasaxe, que queda en Perillo. Ese fue el último lugar donde viví antes de venirnos para aquí».

Marisqueaba con su madre

Cuando se le pregunta sobre su infancia, se apura a recordar con curiosa precisión: «Yo iba a marisquear con mi madre. Mi padre era albañil. Mi mamá, marisqueaba de muy chiquita y eso me lo fue pasando. Ya desde pequeño estaba en el agua, verano o invierno, juntando a mano almejas, berberechos y mejillones, para después ir a vender a una feria que había en A Coruña. En Perillo estábamos, por tierra, a una distancia de A Coruña de 5,5 kilómetros. Y por mar, cruzando la bahía de A Coruña, a 1 kilómetro y medio. Yo me acuerdo de todo? lo que pasa es que a veces hay cosas dentro de uno que se remueven, pero son lindas, a pesar de que uno se emociona. Yo siento que el hombre que se olvida de su tierra, es como si se olvidara de su madre».

Y un último dato que remite a su niñez en Galicia: «Y a los 11 años, con lo que gané del mar, me compré una chalupa, que era un bote pequeño con un raño, un aparato tipo rastrillo, que servía para sacar almejas en el medio de la ría del Pasaxe. Yo nunca pasé hambre. Había necesidades, pero en mi casa nunca faltó el plato de comida en la mesa. Será porque trabajábamos mi padre, mi madre y yo».

El viaje a Argentina, los primeros trabajos, un año y medio vendiendo leche con un carro tirado por caballos, luego en una empresa española llamada Echegaray y más tarde en la constructora Cohen, Rodríguez y Chandías, en la que trabajó durante 18 años.

Un baño para cuatro familias

Primero vivieron en el barrio de San Telmo, al sur de Buenos Aires. «A nosotros nos habían dicho que viviríamos en una casa, pero en realidad era una habitación que reunía cocina, dormitorio, comedor y sala de estar, todo junto. Teníamos solo dos camas, un baño que era compartido entre cuatro familias y la cocina era un pasillo al aire libre», recuerda Eduardo, quien habla de engaños y de una tía que les rompió todo lo que tenían.

Después fue carnicero en el local de un cuñado y «allí conocí a la madre de esta señorita -señalando a su hija Natalia-, que pasaba por ahí y todos los carniceros salían para mirarla». Y la hija agrega: «Porque mi mamá parecía una Barbie. Era rubia, con rulos, de ojos verdes, y con un cuerpo?».

La historia después es como muchas. El amor, el matrimonio y treinta años de vida en común. Tras una experiencia de fecundación in vitro nació Natalia.

Inseguridad

«Con el tiempo queríamos comprar una casa y la compramos a pocas cuadras [manzanas] de aquí, a estrenar, pero se inundaba, así que la tuve que venderla regalada. Después vine a vivir acá y aquí estamos desde hace 19 años».

Y lo cierto es que se trata de una vivienda humilde, pero los ingresos no dan para mantenerla en perfectas condiciones. El barrio ya no es el mismo y Eduardo y su hija son víctimas de la inseguridad cotidiana que se vive en esta zona del llamado conurbano bonaerense.

«A mí me asaltaron por primera vez un día de mi cumpleaños, aquí en la esquina. Era un hombre que conocía. Así que pensé que me estaba haciendo una broma. Pero él me ponía el revólver en la cabeza. Recién me doy cuenta de que me estaban robando cuando otro me pone en el cuello un puñal», relata este gallego sin trabajo fijo, con una pensión de miseria pero sin bajar los brazos.