El valor de ser impredecible

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

26 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Hace tres años, Corea del Norte realizó su primera prueba nuclear. Entonces, los expertos rusos dijeron que había sido «de igual potencia que la bomba atómica de Hiroshima» (ayer dijeron que había sido «de igual potencia que la de Nagasaki»); entonces, como ahora, se calificó el hecho de «extremadamente grave» y se anunciaron sanciones contra Pyongyang.

En nuestro comentario a aquel hecho, en cambio, nos permitíamos hacer un pronóstico contra corriente: «La gran jugada sería que ahora Corea del Norte anunciase que suspende su programa nuclear y que vuelve a la mesa de negociaciones». Y fue eso lo que hizo.

¿Puede pasar ahora lo mismo? Puede. Corea del Norte está gobernada por un líder tiránico y extraño, pero no tan extraño como a menudo se le presenta. Su programa nuclear no es la razón por la que tiene en contra al mundo, ya lo tenía antes. Es más bien su garantía de que no será atacado, y funciona.

El programa nuclear ha devorado los recursos de un país que las sanciones empobrecen aún más, pero al mismo tiempo ha permitido a Corea del Norte chantajear al mundo para conseguir ayuda económica y alejar la posibilidad de una intervención militar.

Mantener un equilibrio entre todas estas contradicciones es un juego delicado y peligroso; pero hay que reconocer que Kim Yong Il lo ha jugado bastante bien hasta ahora.

Imprevisible

Kim ha comprendido lo esencial: que la bomba atómica no es un arma que apunta a las ciudades del contrario, sino a su imaginación. No sirve para lanzar una guerra de agresión, y la prueba es que en más de medio siglo solo un país lo ha hecho (Estados Unidos), y no por razones tácticas, sino a título de experimento.

El arma nuclear tiene tan solo valor disuasorio, y aún esto es relativo. Pakistán y la India, que las poseen, se han hecho la guerra varias veces sin usarlas, y el verano pasado un pequeño país, Georgia, atacó a una potencia nuclear, Rusia.

Para que la disuasión nuclear sea de verdad eficaz hace falta algo más: ser imprevisible. Y esa es, más que una bomba atómica, el arma que ha hecho estallar Corea del Norte.