Quizá lo histórico de estas presidenciales salvadoreñas no sea tanto el triunfo de la izquierda como que la derecha lo haya aceptado. Se dice una y otra vez que el FMLN es la antigua guerrilla comunista, y es cierto; pero también hay que recordar que la derechista Arena representa a los antiguos escuadrones de la muerte, a los que la ONU adjudica el 89% de los asesinatos de civiles durante la guerra. El cambio no podía ser más radical.
Tampoco es una sorpresa. Aunque ahora se atribuya todo el éxito del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional a la simpatía de su candidato, Mauricio Funes, la verdad es que el FMLN ya rozaba la victoria desde hacía seis años. Si se le resistía era sobre todo por el conflicto interno entre comunistas y socialdemócratas, que llevó a escisiones y abandonos sonados (Villalobos, Guardado). Finalmente, se ha impuesto la línea representada por el Partido Comunista, lo que hace que, curiosamente, el FMLN sea ahora más radical que durante la guerra.
Habilidad
Sus dirigentes han tenido, sin embargo, la habilidad de elegir un candidato independiente como Funes, que ha proporcionado el extra de votos necesarios. El resto de la campaña se la han hecho la corrupción del último presidente del Arena, Tony Saco, y la incompetencia de Rodrigo Ávila, el candidato derechista en estas elecciones, quien como director de la policía vio cómo la delincuencia se multiplicaba por cuatro.
El presidente saliente, Elías Antonio Saca, lo eligió para sucederle tan solo para que tapase sus asuntos oscuros, y ni eso ha logrado.
El Salvador va a ser ahora una prueba de fuego para la Administración Obama. Funes prefiere entenderse con EE.?UU., del que depende toda la economía salvadoreña tanto en exportaciones como en remesas de capital; pero si Washington no responde recurrirá a un Chávez que desde hace tiempo regala petróleo a los ayuntamientos salvadoreños de izquierda.
En cuanto a Funes, todo depende de su habilidad para hacer equilibrios entre las exigencias de los comandantes del FMLN y los temores de la oligarquía de El Salvador. Si lo logra, habrá puesto fin de una vez por todas a la guerra civil salvadoreña. Nada menos.