La crisis económica amenaza a ocho países de la antigua zona de influencia soviética con estallidos sociales como los sufridos por Grecia y por Islandia
28 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Siete países del Báltico y del Este europeo que pertenecen a la UE, y como mínimo uno de la misma zona postsoviética que aspira a integrarse en el club europeo, son polvorines con una elevada probabilidad de padecer estallidos sociales como los que sufrió Grecia el pasado mes de diciembre y como los que se acaban de llevar por delante al Gobierno de coalición de Islandia.
Se trata de Letonia, Lituania, Bulgaria, Hungría, la República Checa, Estonia, Rumanía y Ucrania. Unos más que otros, se precipitan a lo que el periodista Jason Burke denomina una «violenta primavera de descontento». La causa: una crisis económica particularmente aguda que, en algunos casos, se está viendo exacerbada por galopantes índices de corrupción.
Los sismógrafos empezaron a advertir depósitos de irritación social con motivo de los cortes de gas a que se vieron sometidos países como Bulgaria tras la interrupción del suministro ordenada por Rusia. Pero la semana pasada los choques se generalizaron. La capital letona vio desfilar la manifestación más concurrida que se recuerda desde las organizadas para sacudirse el dominio soviético a finales de los 80. Días después, Lituania salía a la calle de forma multitudinaria. Y países cercanos como Hungría y la República Checa, sin reunir a tanta gente, emitían la misma señal de aviso.
Sonaba como la reacción amarga que produce un aterrizaje inesperado y brusco en medio de lo que se considera un vuelo ininterrumpido hacia la bonanza. En los últimos cinco años, el conjunto de la zona creció al 4,5%, un ritmo notablemente superior al de la UE en su conjunto. Tales índices se debieron a la afluencia de inversores extranjeros, muchos de ellos comunitarios, atraídos por las privatizaciones, decididos a desplazar su producción por los menores costes laborales o seducidos por las expectativas de un bum urbanístico.
Pero la contracción originada por la recesión global ha dejado sin soporte esa expansión. Por otra parte, condujo a primer plano desequilibrios fiscales, monetarios o presupuestarios que ya se arrastraban pero que estaban camuflados bajo el resplandor del crecimiento. Y lo que es peor: situó a esos países ante su reducido horizonte estratégico. Todavía no están en condiciones de competir con el resto de la UE en el plano tecnológico, pero tampoco pueden aspirar a desbancar a los países asiáticos por su atractivo en materia de salarios.
El malestar que todo ello ha amasado se ha visto impulsado, además, por el hecho de que, en su totalidad, son democracias recientes y con un entramado institucional frágil. Las élites que las dirigen carecen de la ejemplaridad moral necesaria para exigir sacrificios después de varios años de persecución desinhibida del propio beneficio en detrimento del interés general. Y los colchones de bienestar que en otros países de la Unión amortiguan el aumento del paro son allí muy tenues, por lo que la ausencia o la pérdida de empleo se ensaña con más dureza, especialmente entre los jóvenes que hablan abiertamente de emigrar.
Si la conjunción de estos factores no ha degenerado en estallidos puede deberse a los parches con forma de préstamos que la UE y el FMI están inyectando en los países más acuciados, como Letonia, hasta hace unas semanas considerado el tigre del Báltico. Pero pocos piensan que sean algo más que cataplasmas. Antes o después, los subsidios se acabarán, el plazo de las ayudas vencerá y habrá que acometer las reformas aplazadas en la época de vacas gordas.
La tentación que pueden sentir los gobiernos para imponerlas a costa de los más débiles ha llevado a un periódico generalmente bien informado sobre el Este, el Financial Times Deutschland , a referirse a la región como la próxima prueba de fuego de la Unión. Porque eso es lo que, efectivamente, podría desatarse: un incendio de rabia y frustración en la periferia europea que haría temblar toda la UE.