La triste realidad de un país


No vamos a ganar esta guerra. No es una opinión cualquiera, es la del brigadier Carleton-Smith, comandante en jefe de las tropas británicas. Esta imposibilidad de victoria en Afganistán se asume ya en todos los centros de poder, pero solo en susurros. Así, Le Canard Enchainé acaba de publicar una nota secreta del embajador británico en Kabul, Sherar Cowper-Coles, recomendando pactar con los talibanes para que compartan el poder y restablezcan el orden. El Gobierno de Hamid Karzai es, a su juicio, «cada vez más impopular, ineficaz y corrupto».

Ciertamente, siete años después, la realidad del Gobierno prooccidental de Karzai dista mucho de ser la de un régimen laico o modernizador. El burka, que no fue una imposición de los talibanes sino un triste elemento de la cultura tradicional afgana, vuelve a ser tan habitual como antes. Los avances reales, en educación para las niñas o salud pública, son tan limitados y sufren tantas resistencias dentro del propio Gobierno que no compensan el sufrimiento de la guerra. El que se presenten además como iniciativas de las fuerzas de ocupación es lo que los hace aún más inaceptables para la sociedad afgana.

Así, cuando los medios informaron estos días del ataque con ácido contra unas estudiantes, se pasó de puntillas sobre el hecho de que el crimen ocurrió en una zona controlada por el Gobierno de Karzai y que los asaltantes no fueron detenidos. Al mismo tiempo, ese Gobierno imponía a un estudiante 20 años de cárcel por bajar de Internet un artículo antiislámico. Entiéndase: existe una considerable diferencia entre la forma brutal en la que gobernaron los talibanes y la incompetencia de este Gobierno, pero la sociedad afgana es la que es y el experimento Karzai, que despertó tantas esperanzas, ha fracasado estrepitosamente.

La triste realidad es que la ocupación extranjera se ha prolongado durante siete años sin ofrecer a los afganos una alternativa de vida mejor que la que tenían. Los que la prensa describe como talibanes muchas veces lo son, pero otras son afganos corrientes irritados por la presencia de tropas extranjeras o tribus que han padecido la violencia de esas tropas.

Las imágenes que se nos muestran de soldados a pie y vehículos blindados ocultan el hecho de que la OTAN está librando allí sobre todo una guerra de bombardeos en la que, tan solo en los últimos tres años, ha lanzado más toneladas de explosivos que Estados Unidos durante las guerras de Laos y Camboya. Se trata de minimizar las bajas propias, pero el resultado es devastador: el 72% de las víctimas identificables de estos bombardeos durante los últimos ocho meses son mujeres y niños.

Negociar con los talibanes

Ante esta situación ya está en marcha lo que nadie quiere reconocer en público: se está negociando con los talibanes. Recientemente, representantes occidentales se encontraron con emisarios del mulá Omar y con Gulbudin Hekmatyar en Arabia Saudí.

Las próximas elecciones afganas podrían ser la oportunidad para permitir la participación de algún sector talibán, camino de un Gobierno de reconciliación nacional. ¿Qué hay el peligro de que Afganistán vuelva a convertirse en la base de Osama Bin Laden? Este argumento, repetido mecánicamente para justificar la continuación de la guerra, es para consumo mediático. Los analistas de seguridad admiten que la base del terrorismo yihadista siempre ha sido y seguirá siendo Pakistán, nuestro aliado.

En cuanto al sueño de un Afganistán moderno en el que se respeten los derechos humanos, sobre todo los de las mujeres, habrá que buscarlo de otra forma; esta no ha funcionado.

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