«En mi casa ya cambiamos el menú varias veces en dos semanas: primero pollo, luego pasta y ahora atún. No sé qué será lo siguiente», protestaba ayer un ama de casa del barrio burgués de Caballito, en Buenos Aires. En promedio, cada argentino consume 67 kilos de carne de vacuno por año. Con eso se puede entender el enfado ante el desabastecimiento provocado por la huelga agraria, que cumple tres semanas. Como tantas otras, le queda inventar platos para sus hijos a la misma velocidad que se vacían los expositores de las tiendas, que en ese tiempo han pasado de la abundancia a un panorama propio de una economía de guerra.
No hay carne en el país del asado. Lo sufren los consumidores y los carniceros. Alguno tiene la impresión de que los toman por vendedores de mercancía clandestina: «Me dicen: "Che, ¿no tendrás algo por ahí escondido en el frigorífico?". Y yo juro que no, no hay nada, no tengo ni un churrasquito para llevarme yo a casa», asegura Daniel Faragazo.
Su tienda en el barrio de Almagro presenta todos los males de la escasez. De carne, pero también de productos lácteos y fruta. Una imagen lo dice todo: en la única tregua que se dio el campo con el Gobierno, el pasado viernes, cuando los piquetes levantaron parcialmente los cortes en las carreteras, entró en el mercado central bonaerense un puñado de toneladas del que se desechó buena parte por el mal estado de los alimentos.
El mercado de Liniers, el de la carne, sigue pareciéndose más a un recinto abandonado que al epicentro de la compraventa de ganado en la capital de la carne. Y eso, claro, afecta a la cadena alimentaria.
En el barrio de San Telmo quedan pocas carnicerías abiertas. Los que cerraron aprovechan para remozar sus locales mientras se quejan de la política gubernamental: «Si no entra en razón, nuestra señora presidenta va a durar poco», dice un comerciante, y añade en tono jocoso: «El Gobierno dice que la gente del campo tiene mucho dinero porque compran todoterrenos. Pero no veo un político que no baje de un Mercedes».
Otro, con el negocio al ralentí, trata de vender vísceras y carne picada a los pocos que se acercan cuando ven los precios redoblados.
Los sobreprecios también han afectado a las cartas de las innumerables parrilladas de la ciudad y de otras grandes urbes del país. Se salvan los grandes asadores del centro, que disponen de enormes cámaras frigoríficas, pero advierten: «A nosotros nos queda para dos días, ni uno más, aunque ya no tenemos, por ejemplo, solomillo», dice entre fogones Darío Leguizamón.