Fidel, la mano que mece la isla

Camilo Franco

INTERNACIONAL

La plaza catedralicia lució fotos de Castro y de Juan Pablo II para una misa con color

23 feb 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

La catedral de La Habana es un poco tosca de fachada. En la plaza a la que se asoma hay tres palacios, uno de ellos es ahora un restaurante y otros dos son museos. También hay una escultura a escala real del bailaor Antonio Gades.

Algunos días en la plaza hay un mercado, pero esta semana permaneció vacía para que la misa del secretario de Estado del Vaticano luciese lo suficiente. Fue una misa castrista, es decir, larga. Por la mañana, los trabajadores preparaban el escenario y eso quiere decir que colgaban en ventanas fotos de Castro con Juan Pablo II cuando este visitó Cuba.

Por la tarde se cerraron las calles en un perímetro que llegaba hasta el malecón y la plaza de Armas. Fuera del perímetro había poca gente y dentro estaban los invitados. La misa, seguramente, era mejor verla en televisión, pero despertó más o menos la misma expectación que la asamblea de mañana y alguna menos que la segunda carta de Fidel, esta vez como «soldado de a pie de las ideas».

Dos mujeres mayores descansan sentadas delante de un jardín. No las dejaron entrar, pero tampoco protestan. Una cree que la plaza estará muy bonita con todos esos sacerdotes «vestidos con ropas de colores». De la asamblea no saben.

Acceso limitado

Cerca de lo que fue la antigua audiencia colonial y que ahora es un «centro comercial» con tiendas para turistas, dos paisanos me dan el alto y calculo que es otra oferta de habanos. Hago caso de los consejos y no me paro. Las dos camisas blancas se mueven en la escasa iluminación de la calle y me vuelven a pedir que me pare, pero la insistencia es un arte de la resistencia cubana y sigo. Uno de ellos se pone delante de mi y, levantando lo justo la voz, me dice: «Señor tiene que dar la vuelta, no se puede pasar por aquí que está cerrada la plaza de la catedral. Caigo en la cuenta y pido perdón. No les pregunto por Fidel.

La vuelta llega hasta la plaza Vieja. Hay un barullo intenso, pero no fe religiosa, es el grupo musical que ameniza las cenas de un restaurante que vende cervezas en tubos de un metro (seis jarras). La ocupación está repartida entre indígenas y foráneos al 50% y no llegan los cantos celestiales. La camarera no tiene idea de la misa, pero asegura que la afluencia de gente es la normal.

Cuando el oficio religioso termina, los bares de los alrededores no se llenan. Los invitados desfilan y uno de los trabajadores que esperan para desmontar el tinglado responde que «hace mucho tiempo que no se veían tantos trajes juntos».

Vestido con funda, el hombre más bien mayor comenta que la visita religiosa no tendrá influencias políticas. Le reclaman desde lejos que acerque una fila de sillas.

Más cerca de Parque Central, tres cubanos de mediana edad conversan y vuelven sobre algunos de los tópicos del Granma, y se obsesionan con Estados Unidos siguiendo las consignas del comandante. Pase lo que pase, no perdonarán al enemigo americano. Aseguran que mañana la Asamblea hará lo que Fidel haya dispuesto y no es necesario darle más vueltas. Uno de los tres, sin embargo, está preocupado porque considera que la calidad de la prosa del comandante ha bajado mucho. Admite que los textos de ahora son más directos, pero según dice, «las frases ya no le salen tan redondas como antes, ya no fabrica lemas». Por remendar el aserto, el hombre con media sonrisa indica que «Fidel sigue siendo el mismo de siempre, aunque leyendo lo que escribe no lo parezca». Los otros dos callan, pero no se sienten tan preocupados por la pérdida de elocuencia de Castro. Nadie pone en duda cuál es la mano que mece a Cuba.