El público serbio tiene el corazón partido a medias entre su deseo de integrarse en Europa y no renunciar a Kosovo, en el umbral de la independencia. La elección presidencial de hoy es inseparable de esta extraña esquizofrenia política y moral y podría recordar a la de hace cuatro años: ganará en primera vuelta el ultra Tomislav Nikolic y en la definitiva, el 3 de febrero, Boris Tadic, resignado, aunque lo oculta como puede, a lo inevitable.
La Unión Europea se ha abstenido esta vez de apoyar abiertamente a Tadic, su tapado oficioso, porque teme provocar al nacionalismo serbio. Porque demócratas, radicales, rojos o blancos, una muy amplia mayoría es hostil a perder un territorio que es la cuna de la cultura serbia.
Formalmente no les falta razón a los nacionalistas: la resolución 1.244 de la ONU, adoptada tras la guerra entre la OTAN y el Ejército de Milosevic, no menciona nada que permita augurar la independencia. Y, lo que es peor, si se acepta la literalidad jurídica de ese hecho tampoco le falta razón a Putin, quien dice -aún lo repitió el viernes en Sofía- que la independencia de Kosovo es ilegal e inmoral. Pero en términos de realpolitik , y tras el activismo diplomático de EE.?UU. y la decisión de la gran mayoría de países de la UE de apoyarlo, parece que la independencia es ineluctable.
Los candidatos, todos los candidatos, se dicen hostiles al hecho, pero solo un Gobierno radical, improbable por no decir imposible, abriría un conflicto abierto al respecto que, por lo demás, no podría ser un desafío militar, sino una alineación diplomática estricta con Rusia, la gran madre eslava y ortodoxa.
Probablemente nada de eso ocurrirá y cuando Tadic gane en febrero -contando con los votos que no quieren a Nikolic, un 58%- el país tendrá que elegir y elegirá el porvenir euro-occidental. La UE ha decidido esperar al fin del proceso electoral y a que Tadic sea presidente para renovar con un calendario preciso su oferta estrella: la entrada de Serbia en la Unión.