El rey que no quiso ser Juan Carlos

INTERNACIONAL

Mohamed VI, que esta semana ha condenado la visita de su «tío» a Ceuta y Melilla, no ha cumplido las expectativas de cambio que generó al acceder al trono hace ocho años

11 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

«Es un enigma». Así respondió el escritor francés Gilles Perrault, autor de Nuestro amigo el rey -el libro que denunció el reino de terror de Hasán II- cuando le preguntaron por su hijo, el recién coronado Mohamed VI. Aunque más de ocho años después continúa siéndolo en algunos aspectos, sobre todo por su ausencia de rumbo conocido, lo que ha quedado claro es que no es, ni mucho menos, el «Juan Carlos marroquí» dispuesto a convertir Marruecos en una verdadera democracia. Tampoco, es cierto, ha recurrido a los métodos brutales de su padre, que como ha dicho el periodista Alí Lmrabet, encarcelado bajo el reinado de Mohamed VI, era «más sanguinario, pero más inteligente».

Algunos se han sorprendido estos días por su dura reacción de condena de la visita de su «tío Juan» -como le llama desde que era niño- a Ceuta y Melilla, que calificó como «acto nostálgico de una era sombría y superada». Otros, sin embargo, prefieren destacar que lo hizo a través de un comunicado y no en la alocución a los marroquíes en el 32.º aniversario de la Marcha Verde. Mohamed VI, aseguran en Rabat, está muy dolido porque cree que España no le ha agradecido su actitud amistosa, ya que ha sido el soberano alauí más conciliador respecto a las «ciudades ocupadas». Tampoco entiende que un juez español, Baltasar Garzón, se declarara competente para investigar el presunto genocidio cometido por su país en el Sáhara.

¿Pero qué ha sido de la gran ilusión que generó la llegada al trono en 1999 de Sidi Mohamed, un monarca de solo 35 años, moderno, que prometía cambios y fue saludado como «el rey de los pobres»? «Las expectativas de los primeros días se han esfumado», asegura Bernabé López, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid. Lo mismo opina el profesor Víctor Morales Lezcano, autor de Historia de Marruecos, que recuerda que cuando murió su padre hubo quienes creyeron que «la monarquía se había liberado de un obstáculo y que el joven rey iba a protagonizar una transición a la democracia a la española». No era algo descabellado, ya que incluso el prestigioso The Washington Post publicó entonces que cuando era príncipe había dicho a sus íntimos que su modelo era Juan Carlos y no su padre.

Algunos gestos movieron a la esperanza, sobre todo la destitución del odiado ministro del Interior y más fiel servidor de su padre, Driss Basri. Pero también el regreso de los exiliados, entre ellos el célebre Abraham Serfaty, que había sido el preso más antiguo de África. Incluso no le importó que se le apodara M6, una familiaridad que no habría tolerado Hasán II.

Se habló de «primavera de Rabat» y se le llegó a llamar el «Kennedy marroquí», pero como escribe Jean-Pierre Tuquoi en El último rey, «ofrece algunos gestos, pocas actuaciones». Ocho años después, parafraseando la famosa frase de Lampedusa, Mohamed VI ha dado la impresión de cambiarlo todo para que, en realidad, no cambie nada. Como señala Morales, Marruecos sigue siendo una «monarquía constitucional de derecho divino», la brillante fórmula acuñada por el politólogo Mohamed Tozy. O una «autocracia mitigada», como la califica Bernabé López, que cree inoportuno hablar de dictadura. «Hay arbitrariedades, pero no la indefensión de la época anterior», añade.

El rey reina y gobierna, es el máximo jefe político, pero también religioso, como comendador de los creyentes y descendiente directo del Profeta. «El Estado soy yo», podría decir perfectamente Mohamed VI, cuya persona es «inviolable» y «sagrada». Además es un hombre de negocios que posee una incalculable fortuna.

Es en el fondo un continuador de su padre. Pero, como afirma Bernabé López, «del Hasán II reformista, no del de los años de plomo de los setenta y principios de los ochenta», porque recuerda que fue él quien inició la apertura y permitió la alternancia política.

El rey no está por la labor de dejar de ser un monarca absoluto. No siente la presión para cambiar la Constitución. López resalta que «la clase política marroquí es muy conservadora y no pone en cuestión el sistema, solo una minoría activa pide la reforma constitucional».

Estrepitosos fracasos

En sus ocho años como monarca, Mohamed VI ha cosechado algunos estrepitosos fracasos por lo que Dalle llama su «gestión de amateur », como el humillante desalojo de Perejil en el 2002 -en Marruecos se decía que eso no hubiera sucedido en tiempos de su padre- o la falta de reflejos para socorrer a las víctimas del terremoto de Alhucemas. El problema es que, como ha señalado el especialista Ignace Dalle, autor de Los tres reyes, muchos marroquíes han tenido a veces la impresión de que «no había piloto en el avión» durante las crisis. O dicho en palabras de otro experto, Rémy Leveau: «Mohamed VI tiene enormes dificultades para controlar las variables de los problemas a que se enfrenta».

Introvertido, tímido, inhibido, rígido, mediocre orador, débil de carácter, amante del lujo y los coches deportivos, Mohamed VI siempre ha vivido obsesionado por la abrumadora sombra de su padre, implacable y severo con él cuando era niño. Ahora, ocho años después, es un Hasán II de rostro humano.