El hiperactivo presidente francés, Nicolas Sarkozy, se desplazó el miércoles a Trípoli (Libia) en un viaje que definió como político. Sólo veinticuatro horas después del éxito de su mujer, Cécilia, quien logró arrancar del mercurial líder libio, Moamar el Gadafi, la liberación de cinco enfermeras de Bulgaria y un médico palestino, nacionalizado búlgaro. La denominada diplomacia con rostro tierno.
El éxito no pudo ser mayor. Fue el final soñado a una pesadilla entre Libia y la Unión Europea, ergo comunidad internacional. Después de décadas de aislamiento y sanciones, Gadafi ha conseguido normalizar sus relaciones con Europa, ergo reintegrarse a las instituciones mundiales. De fondo, como siempre, los negocios. En el 2006, las exportaciones de Francia a Libia crecieron un 43%. El montante es de 433,6 millones de euros. Y París importó de Trípoli petróleo por casi 20.000 millones.
En sordina, reunión histórica en el barrio parisino de Saint Claud. Números dos de las principales facciones políticas libanesas se reunían por primera vez para examinar una salida negociada a la crisis gravísima que vive el país de los cedros.
Representantes de Hezbolá
Entre ellos se hallaban representantes de Hezbolá, un grupo que Francia se ha curado muy bien de incluir en la lista de organizaciones terroristas.
Francia ha pasado de ser vista como uno de los principales valedores del Grupo del 14 de Marzo, en el Gobierno de Beirut, antisirio, a formar parte de la solución, y a ser una referencia para llegar a ella.
La Liga Árabe ha conseguido, como mediador, dirimir el tabú. Esta semana, el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, se ha entrevistado en Damasco con Hasán Nashralá, el líder del Partido de Dios, y con el del ala militar de Hamás, Jaled Mishal.
Previsiblemente, como ocurrió con Libia, Sarkozy -que aún es visto con recelo por los árabes porque es judío- venderá un acuerdo, si es que lo consigue, cuando lo tenga en la mano. Algo de lo que tanto habría que aprender.