El palacio del rey Abdala bin Saud en Riad es una réplica -quién copiaría a quién- de los de Sadam Huseín. Sólo que el del actual líder de la dinastía de los Al Saud, de cuyo nombre deriva el de su país, Arabia Saudí, está siempre lleno de gente, no como los desiertos y temibles del ex líder iraquí. En Riad, emires, reyes, presidentes de casi todos los países árabes celebraron, el miércoles y jueves pasados, la 19 cumbre de la Liga Árabe. Considerada, por los observadores, como la más importante desde la del Cairo de 1990. Hace un par de años visité Riad y Yeda, el puerto de Medina y la Meca, con una delegación del Parlamento europeo. Para poder acompañarles a una entrevista con el entonces príncipe heredero, me hice pasar por el fotógrafo del grupo. Fue así cómo me hicieron entrar antes, para poder retratarles a su entrada en el despacho de Abdalá Abdelaziz. Lo hice sola, y ahora creo que fue un momento muy interesante. Allí estaba el hombre más poderoso de uno de los países y una de las zonas más estratégicas. Se hallaba sentado junto a cinco o seis jefes de tribu. Hablaban jocosamente de Europa, y pude entender la poca importancia que daban a la visita. Rafic Hariri, el primer ministro libanés asesinado hace dos años, era su amigo. Hariri se había hecho multimillonario en Arabia Saudí y su alianza era muy sólida. En 1989, en Taif, los dos habían comprado, a todos los señores de la guerra libaneses y habían acabado con una contienda civil de 15 años. Hariri nos dijo, a un grupo de periodistas en su casa de Beirut en el 2002, que Abdalá haría historia. Se acababa de presentar su iniciativa de paz, conocida como Iniciativa Árabe. Esta semana se ha ratificado en Riad y, por primera vez, las palabras árabe y desunión han dejado de ser sinónimos. Por primera vez, unánimemente, han decidido poner la pelota de la paz en el campo israelí. Dos palabras mágicas, «solución justa», donde hasta ahora se leía «derecho al retorno», suponen un avance revolucionario. Se supone que, para los entre dos y cuatro millones de palestinos en la diáspora, la solución justa pueden ser compensaciones monetarias, si no vuelven a territorio palestino. A cambio, reconocimiento del estado hebreo, y la ansiada paz. Lo que ya se denomina nueva era saudí, por la importancia moderada estratégica que Abdala está tomando, podría, finalmente, dejar respirar a Oriente Medio.