Justo cuando Wen Yiabao, el primer ministro chino, escribía en el periódico del Partido que el verdadero socialismo tardaría todavía «cien años» en llegar, la bolsa de Shanghái se desplomaba un 9%. Alguno habrá pensado que si al socialismo todavía le faltan cien años en China, quizá el capitalismo esté aún más verde. China sigue siendo una gárgola, un híbrido, una especie de experimento genético de la política difícil de describir e imposible de predecir. La antigua sovietología consistía en un aburrido catálogo de burócratas, la moderna sinología se parece precisamente más al horóscopo chino, en el que un año sale dragón, otro sale serpiente y alguno que otro saldrá rana (aunque ésta no figure en el elenco). Es un error creer que en China se ha operado una perestroika , y para demostrarlo está el Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) que se celebra estos días. Nada que ver con la agonía del PCUS. De hecho, la afiliación al PCCh ha aumentado un 13% en la última década (la población sólo ha crecido un 5%). Muchos de estos nuevos comunistas son a su vez nuevos ricos, los empresarios capitalistas del sistema mixto para los que el PCCh sigue siendo el atajo para todo negocio. Irónicamente, esta democratización del Partido es en parte la responsable de un incremento de la corrupción dentro de éste. Propiedad privada Para esos nuevos empresarios, el punto clave de la agenda es la famosa Ley de Protección de la Propiedad Privada, ocho veces propuesta y otras tantas pospuesta por los puristas del régimen. Sin embargo, ahora se da por seguro que será aprobada en el Congreso o, si no, por decreto más tarde. Después de todo, ya que Yiabao se ha dado cien años de plazo para establecer el socialismo, puede mientras ir probando con el capitalismo para comparar. Esa ley incrementará la inversión, aunque también la distancia entre ricos y pobres, entre campo y ciudad, una de las grandes preocupaciones del sistema. También se ha hablado mucho del aumento del presupuesto de Defensa, un 17%. Taiwán se ha asustado y un político japonés ha dicho que, «con ese ejército, China puede convertir Japón en una provincia suya» (le faltó tacto: fue Japón quien en su momento convirtió a China en una provincia suya). Pero lo más probable es que el incremento vaya destinado a alimentar mejor a las tropas y a renovar un armamento que hasta hace poco era propio de un museo. Uno de cada diez soldados tiene el carné del Partido y su presencia uniformada es palpable entre los 3.000 delegados del Congreso. También ellos quieren su parte del pastel. Taiwán puede estar tranquilo; a China, este animal de dos cabezas (o de dos cuerpos y una cabeza), le va demasiado bien como buscarse líos.