Análisis | El día después de las elecciones británicas En el laborismo comienzan a oírse voces que piden el relevo inmediato en el 10 de Downing Street. El calendario político, en cambio, impide que se haga a corto plazo.
07 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Apagados los ecos de la victoria electoral más insípida de Tony Blair, la duda se centra ahora en saber cuándo se producirá el relevo en el número 10 de Downing Street. Para el principal candidato a la sucesión, Gordon Brown, las cosas no han podido ir mejor: dispone de suficiente margen en el Parlamento para poder gobernar cuando le llegue su hora, lo cual ha sido posible, según todos los analistas, gracias a su gestión al frente del Ministerio de Economía y pese al voto de castigo de un parte de la población por los pecados cometidos en Irak. El antiguo ministro de Exteriores, Robin Cook, cercano a Brown, fue el primero que ayer levantó la voz sobre la sucesión: «Lo primero que tiene que decir el primer ministro es en qué momento del mandato se va a quitar de en medio», afirmó en la BBC. «Si Robin está diciendo eso -replicó un diputado blairista en la cadena Sky News- los dos próximos meses serán muy difíciles en el Partido Laborista». Primarias Por su parte, Compass, un emergente grupo de presión de izquierdas muy vinculado a la formación laborista, sentenció ayer en su página web al denominado Nuevo Laborismo. Su presidente, Neal Lawson, afirmó en un artículo recogido por toda la prensa: «El laborismo no puede permitirse un mandato entero bajo las mismas directrices. Seamos honestos, si Tony Blair no se hubiera presentado a estos comicios el partido habría obtenido un buen puñado de escaños más. Por tanto, el primer ministro debe dar un paso al costado y convocar elecciones primarias tan pronto como sea posible». El problema es que el calendario político impide que esos pasos se den a corto plazo. La primera llave de la sucesión de Blair la tiene, paradojas de la vida, la ciudadanía francesa. Un «sí» en el referéndum sobre la Constitución europea supondría una botella de oxígeno para al actual premier, pues la pelota quedaría en el tejado británico -que debería celebrar su propia consulta en el primer semestre del 2006- y Tony Blair tendría coartada para seguir al menos hasta entonces, aunque el diario The Guardian barajaba ayer su posible dimisión tras la reunión del G-8 en julio. Si no fuera así, la retirada en primavera, tras haber logrado sacar adelante el respaldo británico a la Carta Magna, sería un sueño para el líder laborista. Un «no» seguramente también supondría su despedida. Por el contrario, una bofetada francesa al proceso de construcción europea dejaría sin efecto el referéndum británico, pero el inquilino de Downing Street tendría que lidiar con la nueva situación al frente de la presidencia de la UE, que Londres asumirá en julio. En ese caso no parece probable que Blair le dejara el muerto a Brown, por lo que la renuncia no podría ser antes de Navidad. En ambos escenarios hay una cita coincidente, el congreso del Partido Laborista que se celebrará en septiembre. Ahí podría Brown plantar la batalla formal, apoyado en las bases más progresistas de la formación. En lo que coinciden todos los analistas es en que Blair no pasará, en ningún caso, del congreso de septiembre del año siguiente, lo que garantizaría que Brown dispondría de al menos tres años para hacerse con el liderazgo y afrontar las próximas elecciones con garantías. El dilema europeo no es, en cambio, el único factor que puede decidir el relevo en Downing Street. Al ministro de Economía le podría interesar mantenerse durante el primer año en un segundo plano, para que el primer ministro asumiera las reformas más urgentes y polémicas, reduciendo el riesgo de desgaste para los próximos comicios. El polémico DNI Entre estas decisiones destacaría la implantación del DNI británico, que actualmente no existe. Podría parecer un problema menor, pero se trata de una de las grandes polémicas de la campaña, y ha llegado a enfrentar a Blair con sectores de su propio partido. El documento, que incluiría los datos biométricos del ciudadano, nace con el objetivo de que todo aquel que tenga el derecho a vivir y trabajar en el Reino Unido lo pueda acreditar en cada momento, tanto ante la policía como, por ejemplo, ante un hipotético empleador. Sus detractores creen que viola el derecho británico, según el cual no hay que demostrar que se está dentro de la ley, sino, en su caso, todo lo contrario. La población más conservadora está a favor como herramienta contra la llegada masiva de inmigrantes indocumentados. El Gobierno deberá también dar respuesta de inmediato al veredicto de una comisión parlamentaria para la reforma del sistema de pensiones. El estudio no es precisamente alentador: el envejecimiento de la población lleva a una quiebra de la caja, que sólo se podrá evitar empobreciendo a los pensionistas, aumentando los impuestos o retrasando la edad de jubilación. Otro tema aparcado durante la campaña es la política energética, pero el nuevo Gabinete deberá decidir a no mucho tardar si se pone en marcha la construcción de nuevas plantas nucleares. Vinculado a este asunto, Blair deberá afrontar también la sustitución de la flota británica de submarinos nucleares, un polémico asunto cuando el país se encuentra aún sumido en una sangrienta postguerra.